Aterrorizados, golpeados y drogados: el tráfico de simios es más que cruel

Usados como mascotas, separados de sus familias o incluso usados para la prostitución. El contrabando de simios esconde historias terroríficas que mueven miles de millones de euros.
Laura Méndez Ugarte
España
05.11.2017
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Daniel Stiles es un detective que investiga el tráfico de simios. Durante semanas y meses rastrea las redes sociales en busca de imágenes de gorilas, chimpancés u orangutanes en Instagram, Facebook y WhatsApp. Su trabajo consiste en dañar todo lo posible el comercio mundial ilícito que ha capturado o matado a decenas de miles de simios y ha llevado a algunas especies a estar en peligro de extinción.

De esta forma, Stiles encuentra una cuenta de Instagram donde se ofrecen decenas de animales raros para su venta entre los que están algunos chimpancés y orangutanes vestidos con ropa de niños. Tras escribir un email, la respuesta es clara: “Dos bebés, 7,5 kilos cada uno. Precio especial”. El traficante se oculta bajo en nombre de Tom y dice tener su base en el sudeste asiático. Stiles sabe lo que Tom busca: vender los bebés a un coleccionista privado o a algún zoológico sin escrúpulos, donde suelen ser golpeados y drogados hasta que son sumisos. Luego se les usa como entretenimiento, tocando el tambor o simulando peleas de boxeo. Este tipo de exhibiciones son un negocio en crecimiento, a pesar de las regulaciones internacionales en contra.

Después de diferentes emails durante unas semanas, Stiles decide volar a Bangkok. “Era una situación difícil”, pero estaba ansioso por pillar al supuesto Tom, que le había dicho que podía conseguir orangutanes y chimpancés con sólo unos pocos días de aviso, lo que significaba que era un gran traficante.

Historias escalofriantes

Como demuestra Daniel Stiles, muchas operaciones ilegales comienzan “online” a través de Instagram o WhatsApp. Detrás de las fotos, se esconden historias escalofriantes. Muchos chimpancés son drogados con relajantes musculares o alcohol para hacerlos más fáciles de manejar. Algunos incluso están entrenados para fumar cigarrillos o beber cerveza. Es común en los zoológicos que los entrenadores les golpeen con tubos de plomo envueltos en periódicos para obligarlos a realizar trucos. Hace varios años, la policía indonesia rescató a una orangután hembra que había sido afeitada y estaba siendo utilizada como prostituta en un burdel.

“Aunque podamos rescatarlos, es muy difícil reintroducirlos en la naturaleza”, dijo Cress, ex jefe del programa de los Grandes Simios de Naciones Unidas. “Están todos confundidos. Necesitan una rehabilitación seria. Los que han recibido alcohol, sus manos tiemblan. Tienen los mismos síntomas de abstinencia que nosotros”.

Pillar a “Tom”

Stiles viajó hasta el hotel Landmark en Bangkok. Sabía que era peligroso relacionarse con un contrabandista conocido, por lo que contactó con Freeland, que lucha contra la trata de seres humanos y la fauna silvestre desde una gran oficina en el centro de Bangkok. Freeland trabaja en secreto, con agentes encubiertos y en estrecha colaboración con los servicios policiales tailandeses, incluido un agente encubierto que se hace llamar Inspector X.

Stiles siguió intercambiando mensajes con Tom, tratando de concertar una reunión. “Oh, tío, vas a divertirte un poco”, dijo Tom sobre los bebés orangutanes. “¿Preparado para algunas noches sin dormir?”. Finalmente, la reunión se concertó en un aparcamiento de supermercados en el centro de Bangkok. Un taxi se detuvo y el inspector X y los demás agentes detuvieron al conductor. Encontraron dos orangutanes en el asiento trasero, agarrándose entre sí, asustados pero sanos. Sin embargo, Tom no estaba en ninguna parte.

Por cada éxito, muchos fracasos

El tráfico de simios mueve miles de millones de dólares. Sin embargo, a diferencia del tráfico de marfil de elefante, cuernos de rinoceronte o vino de huesos de tigre, los simios están vivos, son inteligentes, sensibles y algunos están en peligro de extinción. Stiles es el principal autor de un informe publicado por Naciones Unidas en 2013, que es considerado uno de los primeros intentos integrales de documentar el comercio clandestino de simios.

Animales desnutridos y atemorizados se han secuestrado en países tan variados como Francia, Nepal, Tailandia, la República Democrática del Congo y Kuwait. Hace unos años, en el Cairo, descubrieron a un bebé chimpancé acurrucado en un balón, dentro del equipaje de mano. Ese mismo verano, en Camerún se rescató a un pequeño chimpancé, de menos de un mes de edad, escondido en una bolsa de plástico.

Sin embargo, por cada recuperación, los especialistas explican que se les cuelan entre 5 y 10 animales. Y, por cada simio en contrabando, varios más podrían haber muerto en el proceso. La mayoría viven en grandes grupos y familias por lo que los cazadores normalmente matan a familias enteras para llevarse aun bebé. Los adultos son más difíciles de transportar porque son “extremadamente agresivos y peligrosos. Por eso todos quieren un bebé”, e explica Doug Cress, hasta hace poco jefe de la Alianza para la Supervivencia de los Grandes Simios, un programa de Naciones Unidas.

Diferentes vías de negocio

Los investigadores afirman que existen rutas desde los exuberantes bosques de África central y el sudeste asiático que cuentan con la colaboración de funcionarios corruptos y que son administradas por bandas delictivas transnacionales. Los simios son un gran negocio. Un bebé puede llegar a costar 250 dólares y, a menudo, quien los compra es tan opaco como los traficantes. “Es enfermizo”, explica Stiles. “Tienes a un pobre animal, sin su madre, sin otros miembros de su propia especie, totalmente desconcertado y aterrorizado, todo por diversión humana”.

Durante años, se persiguió a un estadounidense misterioso conocido como “Joe”, que dirigía una gran red de tráfico desde Tailandia, uno de los centros mundiales para el contrabando de simios. Según “Tom”, “Joe” se había retirado.

Más amenazas

Por si todo el tema de contrabando no fuese suficiente, los simios enfrentan muchas otras amenazas. La demanda mundial de biocombustibles y de aceite de palma está convirtiendo las selvas tropicales en granjas. Según la Fundación Arcus, una organización sin ánimo de lucro que estudia a los simios, Indonesia y Malasia han triplicado su producción de aceite de palma en los últimos 15 años, eliminando el hábitat de miles de orangutanes.

En África ocurre lo mismo, con nuevas plantaciones de caucho, carreteras y nuevas granjas que destruyen las zonas de gorilas. Una especie, el gorila del río Cross, está ahora tan amenazada que los científicos creen que sólo quedan 200 ó 300 ejemplares.

El mundo de los simios

La mayoría de los simios viven en las profundidades de la selva tropical. La región de Basankusu, en el Congo, es uno de los últimos refugios de bonobo y fuente de un gran tráfico de simios. Cuando vas llegando en canoa por el río, puedes ver a bonobos silvestres mirándote desde las ramas más altas de los árboles. “Tienen conciencia, empatía y comprensión”, explica Jef Dupain, especialista simio de la Fundación para la Vida Silvestre Africana. “Algún día nos preguntaremos cómo se nos ocurrió la idea de meterlos en jaulas”.

En ciudades centroafricanas es común ver a chimpancés como si fuesen mascotas. En el Hotel Benghazi de Mbandaka, Antoine, un gran chimpancé macho, raspaba una botella de refresco vacía contra las barras de hierro de su jaula como un preso. En enero escapó y, después de sembrar algo de pánico en Mbandaka, agentes de policía le dispararon 10 veces y lo dejaron muerto en medio de la calle.

Sin embargo, el uso de los simios, una vez que sales de la ciudad y te introduces en la selva, cambia. Allí muchas personas son pobres y los utilizan como alimento. Jonas Mange, que ahora trabaja en la Fundación de Vida Silvestre Africana, solía cazar bonobos en el Congo. Si descubría un bonobo adulto en una de sus trampas, rápidamente le disparaba y vendía la carne, por lo general por unos pocos dólares por cadáver, si es que lo hacía. Sin embargo, un bebé era diferente. Había un mercado específico para ellos, por lo que los vendía vivos, al menos por 10 dólares cada uno, a comerciantes locales que los traficaban a Kinshasa y los vendían a extranjeros por sumas mucho mayores. “Los bonobos son inteligentes”, explica Mange. Si se les atascan los pies en una trampa, no chillan salvajemente como lo haría un cerdo u otros animales, que revelarían su ubicación a los cazadores. En vez de eso, dijo, “los bonobos intentan en silencio desenredar la trampa sin ser detectados”.

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