Igualdad de oportunidades en el ámbito laboral: un desafío global

Por LEÓNIDAS KENNER. 08/05/2017

La desigualdad es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan las sociedades modernas, y atacar sus causas, entre ellas la desigualdad de género, significa caminar hacia un mundo mejor.

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Como es bien sabido, las discriminaciones entre hombres y mujeres siguen existiendo, entre ellas las desigualdades salariales, uno de los más importantes caballos de batalla de la lucha por la igualdad de oportunidades en el ámbito laboral.

No en vano, la desigualdad es uno de los grandes desafíos a los que se enfrentan las sociedades modernas, y atacar sus causas, entre ellas la desigualdad de género, significa caminar hacia un mundo más equitativo, solidario y feliz.

Construir un mundo del trabajo acorde con el ideal de igualdad social, política y económica para las mujeres no solo es esencial para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU, sino también con el fin de avanzar hacia un mayor progreso que impulse la riqueza de las naciones.

Objetivos: progreso y la competitividad

Hay mucho en juego, pues las implicaciones económicas de la falta de paridad entre hombres y mujeres son realmente significativas. Por poner un ejemplo, avanzar en la igualdad de género, tanto en el trabajo como en la sociedad, solo en Estados Unidos se lograría un impulso al PIB mundial de 12 billones de dólares de aquí a 2025.

Un aumento durante la década anterior que equivale a un 11 por ciento anual, según un informe de McKinsey Global Institute (MGI). Son cifras más abultadas que las de estudios anteriores, sencillamente porque el MGI aborda la cuestión desde un enfoque abierto, en el que la desigualdad de género en el trabajo implica a otros muchos aspectos de la vida.

La razón es muy sencilla: abordar la paridad de género buscando mejorar los resultados económicos, en general, y en el área laboral en particular, no debe limitarse a un análisis sectorial, a la postre sesgado. En suma, no puede desligarse la consideración de la fuerza de trabajo como seres humanos, personas que viven en una sociedad que necesita armonía entre la vida familiar y laboral, dentro de una sociedad que fomente la paridad de hombres y mujeres trascendiendo el mero ideal normativo.

En definitiva, la falta de paridad laboral entre hombres y mujeres (mayor presencia en puestos de dirección y participación en la fuerza de trabajo) se produce en una sociedad que también acusa esa misma falta de paridad, mutatis mutandis. Al margen, lógicamente, de la casuística que podamos encontrar en sectores de mayor o menor cualificación, que requieren un análisis específico.

Un largo camino por delante

Así las cosas, incluso después de décadas de avances hacia un mundo más igualitario, la brecha entre hombres y mujeres sigue siendo grande. Sin embargo, los expertos no dejan de recordarnos que la sociedad, incluido el sector privado, se beneficiaría enormemente si aprovechara la gran oportunidad económica derivada de mejorar la paridad entre hombres y mujeres.

¿Pero, cómo lograrlo? Como ocurre con cualquier problema multifactorial, encontrar soluciones no es sencillo. Entre otros objetivos necesarios para el logro de la igualdad en el lugar de trabajo es preciso ampliar las oportunidades de empleo de calidad, según el análisis del Grupo de Alto Nivel sobre el empoderamiento económico de las mujeres del Secretario General de las Naciones Unidas.

Además del día a día, de las experiencias propias y ajenas, son numerosos los estudios que nos muestran cómo, aún estando en pleno siglo XXI, en lo laboral se siguen produciendo discriminaciones de forma habitual.

Adopten la forma de micromachismos, dentro de un enfoque de antropología de lo cotidiano, o se plasmen en la estructura social a modo de normativas, usos y costumbres, en su conjunto conforman el caleidoscopio de la desigualdad desde una perspectiva de género global, que abarca el ámbito público y privado.

Las prácticas discriminatorias obedecen a visiones enraizadas en conceptos tradicionales que perpetúan las desigualdades. Por lo tanto, acabar con los estereotipos de género es un aspecto esencial para la aplicación efectiva de los derechos fundamentales.

Pero, con ser importantes, las costumbres más arraigadas son solo una parte del problema. A ellas se suman a otros muchos factores discriminatorios para, finalmente, impedir la igualdad de oportunidades en el ámbito laboral, así como en el hogar y las relaciones sociales.

El mundo empresarial, desde pymes a grandes corporaciones, acusa de forma importante este problema, por otro lado, una de las grandes causas de la desigualdad social, al tiempo que resta competitividad a la empresa. Entre otras consecuencias, crea un ambiente de trabajo hostil, reduce el rendimiento laboral y, a la larga, genera un aumento en la insatisfacción y en la rotación de empleados.

Desafío global, enfoque global

Al margen de las diferencias culturales y legislativas que encontramos a lo largo y ancho del mundo, existe un denominador común en todos ellos: la necesidad de seguir luchando por el objetivo desde un enfoque amplio, que no se centre única y exclusivamente en el área del trabajo.

Incluso en las sociedades más avanzadas existen grandes logros por cumplir. Una muestra de ello son las conclusiones del estudio “Welcome to the Women’s planet!”, realizado por la ONU, en colaboración con la empresa Mazars, en el que se recoge la visión que tienen sobre Europa mujeres de todo el mundo.

Se entrevistó a 2400 mujeres, de tres generaciones diferentes para conocer lo que piensan sobre la política de la Unión Europea en cuestiones relacionadas con la igualdad de género en distintos ámbitos, concluyendo que ésta es insuficiente y, por lo tanto, todavía queda mucho por hacer.

Su enfoque sigue la actual tendencia y, por lo tanto, también es integral. Es decir, se busca la igualdad de oportunidades en el ámbito laboral dentro de un contexto general, puesto que el trabajo es una pieza que debe encajar en un todo.

En concreto, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el ámbito laboral requiere un enfoque integral, que vaya más allá del consabido “a igual trabajo, igual salario”, abarcando desde la paridad en cargos públicos y directivos o la ampliación de las licencias laborales por maternidad y paternidad, como llevar medidas de este tipo dentro de un marco político que apueste por la conciliación y la corresponsabilidad.

Desde un punto de vista aún más amplio, fomentar la igualdad de oportunidades en el ámbito laboral significa acabar con la discriminación por género mediante la corrección de la distribución desigual de poder entre los sexos. Se trata, en suma, de eliminar la brecha salarial y, en fin, de evitar que las mujeres acaben relegadas a economías precarias e informales.

Sin embargo, todavía queda mucho camino por andar. Son numerosos y elocuentes los indicadores que alertan sobre esta realidad. Si atendemos a las cifras de paro, la distribución por género presenta grandes diferencias. Por un lado, la reducción del paro entre los hombres es significativamente superior al de las mujeres y, por otro, éstas representan la mayor parte de las personas desempleadas, así como la menor parte de la contratación.

España, en el ámbito europeo

En cuanto a la brecha de ingresos, en España las mujeres ganan de media un 35 por ciento menos que los hombres, según estadísticas de Eurostat sobre la brecha salarial. Según dicho estudio, los hombres en la Unión Europea ganan un 16,3 por ciento más que las mujeres por cada hora trabajada.

En España la brecha salarial es algo inferior, del 15 por ciento, siempre según el informe de Eurosat. Un porcentaje al que hay que añadir conceptos como la tasa de ocupación y el tipo de jornada, para finalmente alcanzar ese 35 por ciento de brecha de ingresos, un concepto más realista que el de brecha salarial.

En otras palabras, puesto que la brecha salarial no es el único factor de desigualdad de ingresos, cabe concluir que las mujeres trabajadoras ganan un 35 por ciento menos que los hombres en España en 2014, los últimos datos disponibles.

Tirando el hilo, igualmente, dentro de las cuestiones que afectan al salario percibido y, por lo tanto, a la desigualdad de oportunidades en el mercado laboral hemos de abordar la precariedad en el empleo, el trabajo a tiempo parcial, los problemas de conciliación familiar o el mismo acceso al mercado laboral.

Son otros factores de desigualdad que contribuyen a la perpetuación del status quo, y su combinación se traduce en una brecha de ingresos muy superior a la salarial. Solo así podemos tener una visión más completa de la verdadera desigualdad que existe en el mercado laboral. Solo así se podrán plantear políticas correctoras que ayuden a cambiar las cosas de forma progresiva, sin prisa pero sin pausa.

La situación de España es esperanzadora en cuanto a contrataciones y brecha salarial. En poco más de diez años, ésta se ha reducido de forma considerable, pasando del 55 por ciento en 2002 al 37,5 por ciento en 2014. Por lo tanto, la brecha salarial se ha reducido un 18 por ciento desde el inicio de la crisis, todo un logro, sin duda, pero todavía es una cifra muy mejorable, si la comparamos con el 6 por ciento de Italia, Rumanía o Luxemburgo.

De acuerdo con la misma fuente, con respecto a éste parámetro, nuestro país se sitúa por encima de la media europea, pero también tiene mucho que mejorar en términos comparativos, puesto que ocupaba en 2014 el puesto 19 de los 28 países de la UE.

Un avance que, para seguir progresando, precisa de impulsos desde distintos ámbitos, entre ellos lógicamente la política institucional y también empresarial, además de un importante componente educacional que ayude a construir una sociedad más sensibilizada. Básicamente, se trata de educar acerca de la crucial importancia que tiene el fomento de la igualdad de oportunidades en el ámbito laboral, ya sea entre hombres y mujeres o, por supuesto, haciendo justicia a otros colectivos discriminados.

En conclusión, contar con mejores herramientas de análisis que ayuden a abordar el problema desde un enfoque global es un gran paso adelante para abordar tanto las desigualdades en el mercado laboral en función del género como aquellas que se producen socialmente. Sin embargo, con todo y con eso, solo una decidida apuesta política y empresarial, junto a una sociedad más concienciada y comprometida, pueden hacer la diferencia.

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