DEPORTES | CICLISMO

El día que Anquetil conoció a Coppi

Por ALBERTO CASTILLA . 13/06/2019

La leyenda del ciclismo galo siempre sintió devoción por el hombre que había ganado cinco veces el Giro, “la carrera más dura, la más aterradora para un francés”

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Fausto Coppi
Jacques Anquetil
Cavanna
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Poulidor

Anquetil y Coppi, dos leyendas de la historia del ciclismo


Novi Ligure, región de Piamonte. Octubre de 1953. Fausto Coppi (Castellania, 1919) recibe en su casa a un joven imberbe llamado Jacques Anquetil (Mont-Saint Aignan, 1934). Lo hace tumbado sobre la camilla de masaje, después del entrenamiento. Coppi saluda, sonriente, pero no se levanta. En la estancia hay alguien más, que ni se inmuta. Inclinado sobre Il Campionissimo, un coloso que disimula su ceguera detrás de unas gafas negras, moldea sus músculos como el pizzero trabaja la masa. Manos enormes, dedos firmes como punzones. Anquetil tiene diecinueve años, sin embargo no es un desconocido. Acaba de arrasar en el Gran Premio de las Naciones, la prueba contrarreloj más importante del calendario, y el piamontés, que es considerado un dios en Italia, sabe de sus hazañas.



Biagio Cavanna, masajista y confidente, es un antiguo boxeador de los pesos pesados. Aunque siempre lo negará, perdió la vista a causa de la sífilis. Cuenta la leyenda que, cuando conoció a Coppi, este era un muchacho endeble y esmirriado. Lo endureció. Desde entonces, le atribuyeron la virtud de reconocer a un campeón a través del tacto. Aprovechando la visita, examina de forma exhaustiva a Anquetil. Palpa cada centímetro cuadrado de su cuerpo. Cuando termina, asiente, satisfecho. “Tienes buen estómago, no comas demasiado”, le espeta. Pero el ciclista normando nunca seguirá el consejo. Mientras los otros, gregarios y rivales, desayunan café y cruasanes, Jacques se mete entre pecho y espalda un menú completo: de primero, ostras; de segundo, blanquette, un estofado de ternera con zanahoria y salsa mantecada muy típico en Francia. Todo ello regado con una botella de un buen gros-plant. Metabolismo privilegiado. “Para ser bueno en la bicicleta, hay que ser bueno en la mesa y alegre en la vida”, sentenciaría años después.



Coppi, que ya tiene treinta y cuatro años y ve cerca su final, le ofrece correr a su lado. Le enseña su escuela ciclista, le garantiza el aprendizaje y los métodos necesarios para ser un gran campeón. Le pone el Santo Grial al alcance de la mano. Anquetil agradece la propuesta, pero su respuesta es negativa. No ha viajado a Italia en su flamante Simca Chatelaine para encontrarse con el ídolo al que venera, no lo ha hecho para reconocer su grandeza ni mostrarle su devoción. Ha ido a presentar sus credenciales como adversario y a confirmarle que tiene como objetivo superar sus hazañas.



“Para ser bueno en la bicicleta, hay que ser bueno en la mesa y alegre en la vida”

Fausto y Jacques comparten una constitución física marcada por la extrema delgadez, unas piernas alargadas, y una aparente fragilidad. Sin embargo, en la carretera su comportamiento es antagónico. El italiano representa el ciclismo tradicional, el de los demarrajes explosivos, el de los ataques demoledores en las rampas más empinadas. El galo, por el contrario, es el precursor del ciclismo moderno. En las etapas llanas, rueda a cola del pelotón, acumula minutos de ventaja en las cronometradas y, en los puertos, calculadora en mano, se defiende. El perfecto administrador de segundos. Esta estrategia le convierte en el pionero de un estilo que, tres décadas después, permitirá a Miguel Indurain enlazar cinco tours consecutivos.



Quizá por esta frialdad nunca tuvo el cariño del público francés, que se decantaba por Raymond Poulidor, su eterno rival. O tal vez porque confesó públicamente que se dopaba: “Hay que ser un imbécil o un hipócrita para imaginar que un ciclista profesional que corre doscientos treinta y cinco días al año puede aguantar sin estimulantes”. De igual manera, admitió haber sobornado a rivales. Enfant terrible, nunca tuvo pelos en la lengua, sus declaraciones dejaban jugosos titulares. Los aficionados no le perdonaron su rebeldía. Demasiado provocador. Demasiado contestatario.



En el libro ‘La soledad de Anquetil’, Paul Fournel repasa con maestría la azarosa vida del campeón galo. Un tipo peculiar, oscuro, aunque no siniestro; asocial, pero necesitado de amigos fieles. El funcionario de las dos ruedas que ganó cinco tours, dos giros y una vuelta. Un hombre que corría por dinero, a quien la gloria y la fama no le preocupaban lo más mínimo. El ciclista al que no le gustaba el ciclismo. Tan solo quería ser Coppi. Lo logró.


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