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Dejarse el alma pintando

Por IRENE CORTÉS. 12/08/2017

Descubrir al artista Ramón Expósito en la tierra del oro.

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Rodalquilar fue durante un siglo la cuna del oro en la comarca almeriense de Níjar. Aunque ya conocía este municipio, no decliné la invitación de unos amigos para volver a aquel reducto mágico del Parque Natural de Cabo de Gata y pasar el día explorando sus parajes. El punto de encuentro fue un alojamiento rural de la zona, cuya primera estancia produjo en mí una honda impresión: el lugar era precioso y el gusto con el que estaba decorado, exquisito. Sin embargo, algo hizo que no pudiera moverme durante unos minutos frente a una de las paredes: una ventana en forma de cuadro pintado al óleo se presentaba ante mí para llevarme a un lugar real y cercano a Rodalquilar, el Cortijo del Fraile. En cuestión de segundos, empezaron a pasar por mi mente los diálogos del drama lorquiano “Bodas de sangre” que tantas veces he leído. Aquella pintura tenía algo especial.

Pregunté quién era el autor y, para mi sorpresa, el artista era Ramón Expósito, el padre de la anfitriona de aquel día. Rocío, docente de profesión, tuvo la amabilidad de mostrarme algunas de las obras de su padre expuestas por toda la casa: paisajes, figuras humanas y bodegones constituían los principales núcleos temáticos de aquel pintor, desconocido para mí hasta el momento y cuyas creaciones me habían cautivado.

Comenzó la excursión e hicimos un recorrido por un sendero a pie entre la Torre de los Alumbres y el Playazo de Rodalquilar. La belleza del entorno deleitaba a cualquiera que los transitara aquel día, pero en mi retina permanecía por encima de cualquier otro atractivo el Cortijo del Fraile en el óleo de Ramón Expósito. Quería saber más…

Siempre he creído que cuando es el corazón el que te mueve a hacer algo, todo termina saliendo bien. Así las cosas, le pregunté a Rocío por su padre, que imaginaba estaría en Barcelona, lugar de origen de esta familia. Me respondió que, circunstancialmente, se encontraba en una pedanía cercana pasando unos días. Las palabras se desesperaban en mi interior… “¿podría conocerlo?”, pregunté.

Recuerdo aquella tarde como un momento congelado en el tiempo: sentados todo el grupo en el jardín de la casa, aroma de café y de flores, y, presidiendo la mesa, la voz y la persona de Ramón Expósito, que no opuso resistencia a la curiosidad que nacía de mi admiración por el artista y por su obra.

Ramón es un hombre cercano, amable, sencillo. Pero sabe que sus pinturas no pasan desapercibidas. Sin embargo, no presume de ello. Define su profesión principal como “neumatiquero” y es que la mecánica ha sido el centro de la fuente de ingresos para la economía de su familia, desde que él comenzara a aprender el oficio a los catorce años. Fue allí, en un taller de Barcelona, donde empezó a interesarse por el dibujo al ver a un compañero manejar los pinceles. Su primer contacto con los lápices, las líneas y los volúmenes, una especie de deseo irrefrenable ante la posibilidad de imbuirse en el arte, le llevó a apuntarse a la Academia Tárrega para que le enseñaran la técnica. Más tarde, se inscribió en el Círculo Artístico Sant Lluc, en la calle Pi, donde acudía cada día a pintar a la par que compatibilizaba esta pasión con su trabajo en el taller y su familia.

Relatados sus inicios, Ramón nos dijo a los allí presentes que sus primeros referentes en pintura habían sido Ricardo Tárrega y Narcís Galia. Investigué un poco la obra de estos dos autores, que también, como Ramón, encontraban en los paisajes y en los bodegones la materia sobre la que crear sus cuadros. Desde mi punto de vista, los tres –Ricardo, Narcís y Ramón- comparten el lugar común de que quien ve sus creaciones pictóricas siente el deseo de querer entrar a pasear por ellas. En el caso de Ramón Expósito, además, aparece la capacidad de saber captar el instante y transmitir, a través de la composición y de la elección de los colores, aquello que ha estado ante los ojos del artista. Ramón nos explicó que él pinta al natural, que necesita sentir en el cuadro la misma frescura que él percibe en directo de la imagen que le sirve como modelo.

Me llevé en el bolsillo de la memoria muchas sensaciones de aquella tarde: la imagen, casi real, del Cortijo del Fraile plasmada en un cuadro, el haber tenido el privilegio de conocer al artista y conversar con él, así como el poder compartirlo con las personas que allí se encontraban y que no hicieron sino enriquecer el momento.

Ramón, al hablar, expone inconscientemente una especie de decálogo que todo buen artista debería tener en cuenta: “Pintar es llegar al telegrama, a la síntesis”; “un cuadro te tiene que salir de golpe, no puedes torturarlo”; “en la pintura, como en todo, hay mucha información, debes seleccionar”; “cuando tienes que dejar el cuadro por terminado es como una guerra, saber quién manda de los dos, si el creador o la obra”; “si estuviera del todo satisfecho con un cuadro, estaría muerto”… La conversación que mantuvimos estuvo continuamente salpicada de estas perlas en forma de palabras que señalan a un artista personal y apasionado. De todo lo que dijo, terminó por ganar mi admiración cuando sentenció que “hay que dejarse el alma pintando”. Y claro, poniendo el alma, es imposible no emocionar. No me extraña que diera con Ramón en la tierra del oro. Artistas así sólo pueden generar brillo.

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