lunes, 20 de septiembre de 2021

Monasterios riojanos

Descubrimos los monasterios de leyenda en La Rioja, a través de un viaje insólito


Monasterios riojanos
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La Rioja, tierra de contrastes y piedras castellanas. Llanuras con sabor a uva que se extienden como arrope del caudaloso Ebro, río que a su paso por la ciudad de Logroño se deja coronar por la majestuosidad de los cuatro puentes. Esta semana realizamos un interesante viaje a la cuna del castellano, accederemos a algunos de sus monasterios para conocer su historia, para sentir el latir de cada uno de sus fríos rincones. ¿Tiene la maleta preparada?, iniciamos el camino.

Al llegar a la Terminal 2 del aeropuerto madrileño de Barajas, decidimos hacer el recorrido hasta La Rioja por carretera -a pesar de que la tierra del vino goza de unas modernas instalaciones aeroportuarias- para disfrutar así, de los paisajes castellanos a su paso por el Puerto de Somosierra justo antes de abandonar Madrid, y seguidamente dejarnos encandilar por los interminables parajes de Aranda del Duero y la impresionante ventana al mundo que ofrece Burgos. Un recorrido de agradables vistas que concluye en la hermosa capital riojana –Logroño-, casi cuatro horas después. El día está por concluir, y decido hacer noche en Cenicero, entramado de callejuelas llenas de encanto que se dejan presidir por la torre del campanario de la Iglesia de San Martín (siglo XVI). Sin duda, la amable ciudad de Cenicero merecerá un capítulo aparte que anotamos en nuestra agenda. La mañana siguiente comenzó con el sonido del paso del tren junto al río Ebro.

Tras desayunar copiosamente, agarré la mochila e inicié el recorrido en busca de los grandes monasterios. La Rioja puede presumir de ser tierras de paso del Camino de Santiago, hallándose en su recorrido algunas de estas edificaciones religiosas. Los principales monasterios son el de Nuestra Señora de la Piedad en Casalarreina, Santa María de la Estrella en San Asensio, el monasterio de Nuestra Señora de la Anunciación en Santo Domingo de la Calzada, el de Santa María La Real y el de Santa Elena, en Nájera, el de Santa María de San Salvador en Cañas, dos de los más importantes como son el monasterio de Suso y el de Yuso, ambos en San Millán de la Cogolla. El monasterio de Nuestra Señora de Vico, en Arnedo, el de San José en Calahorra, y por supuesto el de Santa María de Valvanera, en Anguiano.

El primero de los monasterios que visito es el que está en Santo Domingo de la Calzada –Nuestra Señora de la Anunciación-, impresionante edificación de principios del siglo XVII que fue fundado por don Pedro Manso de Zúñiga, conocido entre otras cosas por ser el confesor de Santa Teresa de Jesús. No son pocos los sepulcros que podemos encontrar en su interior, llamando poderosamente la atención la presencia de un gallo y una gallina de color blanco, vivos y perfectamente acomodados en un reservado superior. ¿A qué se debe la presencia de estos inusuales huéspedes? Cuenta la tradición que en tiempos pasados, llegaron hasta la ciudad junto a las correntías de peregrinos compostelanos, un matrimonio de alemanes con su hijo llamado Hugonell. Se alojaron en  un mesón, quedando enamorada del joven de forma fulminante, la hija del dueño del local. Lo cierto es que aquel muchacho mostró total indiferencia ante las tentativas de la joven riojana, quién viéndose rechazada, metió en la saca del muchacho una copa de plata para posteriormente denunciarlo como robo ante el Corregidor. Y así, cumpliéndose la legislación vigente en la época, el joven fue detenido y condenado a la horca. Cuenta la leyenda que antes de reiniciar su viaje hasta Santiago, los padres del muchacho fueron a verle donde se había producido el ahorcamiento, y estando allí escucharon la voz de su hijo, quien afirmaba que Santo Domingo de la Calzada le había salvado la vida. Ante aquel milagro, los padres fueron hasta la casa del Corregidor y le contaron el prodigioso suceso. Perplejo ante aquel testimonio, y entre risas de desconcierto, el Corregidor aseveró que su hijo estaba tan vivo como el gallo y la gallina que se disponía a comer. Y fue en ese instante cuando el gallo y la gallina saltaron del plato y se pusieron a cacarear. Es desde entonces que se pueden escuchar los versos que dicen: Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada. En recuerdo de aquel suceso, no solo se mantienen un gallo y una gallina en el interior del templo, también se conserva un trozo de madera de la horca del peregrino.

Pero continuemos con la primera parte de nuestro recorrido. Desde hacía mucho tiempo tenía en mente visitar la morada de un grupo de monjes benedictinos, el impetuoso Monasterio de nuestra Señora de Valvanera, Patrona de la Comunidad de La Rioja. Su nombre deriva del latín “Vallis Venaria”, Valle de las Venas de Agua, y puedo dar fe de lo impresionantemente húmedos que se presentan esos parajes bañados por el río Najerilla y algunos arroyos. La talla de la virgen está considerada una de las más antiguas de España (entre el siglo X y el XII), y no carece de importancia y alta devoción –la mismísima Isabel la Católica rezaba ante ella-. Cuando llegué al lugar, sentí como  una corriente de energía interior se apoderaba de cada una de mis células. Uno no está todos los días en un lugar considerado de Poder, uno de esos enclaves que los antiguos eligieron por su importancia telúrica o divina, según la óptica que deseemos utilizar. Su imponente arquitectura impresiona nada más descubrirla tras el recodo que inicia el ascenso final hasta sus grandes pórticos.

Pero lo que realmente hace temblar los sentidos, es el ambiente que se respira en el interior del templo que está adosado al resto del monasterio. Está sumido por la más absoluta oscuridad, que poco a poco se va desvaneciendo ante nuestros ojos al tiempo que ascendemos hasta los mismísimos pies de la santa imagen. La Virgen de Valvanera sostiene por si misma algunos interesantes enigmas. Se asienta sobre una silla similar a la de los ediles romanos –silla curul-, decorada con cuatro águilas, y apoyada en una peana decorada con llamativos blasones. Es una imagen de rostro curvo y ojos negros. En la mano izquierda porta una pieza de fruta y en la derecha sostiene al Niño. Y es aquí dónde nos topamos con un detalle ciertamente llamativo; la talla del niño está extrañamente posicionada, mostrándose con una especie de contorsión en la que su parte superior mira a la derecha mientras los pies aparecen girados a la izquierda. ¿A qué se debe esta extraña postura? En realidad no hay postulados fijos al respecto, pero algunas teorías apuntan a que el niño en un gesto milagroso, aparta la mirada para no observar un sacrilegio.

Antes de abandonar la comarca, no puedo dejar de recomendar la visita al cercano pueblo de Anguiano, conocido entre otras muchas cosas, por la danza de los zancudos que se precipitan por las estrechas callejuelas mientras giran sobre sí mismos en un hermoso baile más propio del mundo sobrenatural que del nuestro propio.

Amaneció pacientemente mientras el río Ebro se desperezaba estirando uno de sus brazos entre los viñedos riojanos, y el otro tocando los verdes campos de La Rioja Alavesa. Sobre el cableado de las vías del tren, un buen puñado de pajarillos de color pardo, ponen banda sonora conjuntamente con las primeras voces que conforman el mercadillo de los miércoles en la Plaza de San Cristóbal. Ya en horas próximas al mediodía, subimos al coche e iniciamos el recorrido con un destino más que fijado; el pueblo de San Millán de la Cogolla, seno en el que se asientan los monasterios de San Millán de Suso y el de San Millán de Yuso (Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde el 4 de diciembre de 1997).

Es un pueblo –como todos los de las cotas altas riojanas- reinado por los verdes, y los blancos del cercano Pico de San Lorenzo, el monte más alto de la comunidad autónoma de La Rioja. Impetuoso, como un guardián de los tiempos, se alza el impresionante y Real Monasterio de San Millán de Yuso (en castellano antiguo, yuso significa “abajo”). Fue mandado a construir en el año 1053 (siglo XI) por el rey García Sánchez III de Navarra, conocido como el rey García el de Nájera. En realidad, la historia de su fundación está unida a una encantadora leyenda asentada en un milagro del santo Millán. El rey García era un hombre muy devoto, especialmente de San Millán. Por aquellos tiempos acababa de fundar el gran monasterio de Santa María la Real de Nájera –del que hablaremos un poco más adelante-, y quiso llevarse los restos mortales del santo que en esos momentos estaban depositados en el monasterio de San Millán de Suso -único hasta el momento en la zona-. Así pues, cuenta la leyenda que en la mañana del 29 de mayo de 1053 colocaron los restos óseos del Santo en una carreta tirada por fuertes bueyes, e iniciaron el viaje ante la atenta y lastimera mirada de los monjes custodios de aquellas reliquias que hasta ese momento, las habían cuidado con alta devoción y dedicación.

Descendieron por la loma hasta llegar al llano cercano al rio. Y fue en este punto donde los bueyes decidieron detener en seco su marcha, permaneciendo allí inamovibles aún siendo sometidos a fuertes latigazos para que reanudaran su cometido. Tras muchos intentos infructuosos, el rey y todo su séquito interpretó aquel hecho como un milagro, en el que San Millán estaba imponiendo su voluntad de permanecer en aquella zona y el deseo de ser nuevamente enterrado en ese verde valle.

Inmediatamente el Rey García Sánchez III mandó construir el impresionante monasterio al que llamó Yuso (abajo), contrapuesto con el originario del santo, el de Suso (arriba).  Pero adentrémonos entre los gigantescos muros del monasterio de abajo;  nada más atravesar sus portalones, podemos interpretar el ADN de la religiosidad y las letras. San Millán se ha convertido en el icono, en el símbolo del nacimiento de la lengua castellana. Fue en su biblioteca donde un monje escribe por primera vez, de forma consciente, del mismo modo que hablaba el pueblo. Así surge el primer pasaje de prosa más o menos continua, ajeno a esquemas latinos, y totalmente independiente a cualquier otra manifestación lingüística.

Aquí nace el castellano y también del vascuence, hecho constatado en algunas anotaciones recogidas en los márgenes de Las Glosas Emilianenses, impresionante Códice de valor incalculable. Unos siglos más tarde, el primer poeta conocido en nuestra literatura, Gonzalo de Berceo, escribió sus versos más importantes en este mismo lugar. Pero como decíamos, el conjunto monasterial de San Millán se completa con el originario enclave del santo, el monasterio de Suso (arriba). En tiempos de la llegada de los visigodos a tierras peninsulares, el eremita Millán (su nombre correcto era Aemilianus) vivió como ermitaño cobijado en una pequeña estancia, falleciendo a la edad de 101 años y siendo enterrado en una pequeña tumba escavada en las mismas rocas donde había vivido hasta esos días. Y fue así como se construyó alrededor de la celda del ermitaño Millán, el pequeño monasterio de Suso, en el que aún hoy en día podemos ver cómo vivió el Santo y todos aquellos que le seguían. Si me permite el apunte personal escrito en letras mayúsculas y remarcadas, este es un lugar de Poder como no he encontrado ninguno a lo largo y ancho de nuestra geografía, un punto geográfico que tiene por encima de la Fe, una capacidad de atracción ciertamente insuperable.

La tarde se ha empeñado en ir al encuentro de la noche, pero antes de que el emparejamiento natural se produzca, descendemos hasta la localidad de Nájera, entramado de callejuelas partidas en dos al paso del río que lleva su mismo nombre. Allí permanece impertérrito durante siglos, el monasterio de Santa María la Real de Nájera, el que sin duda es uno de los más importantes monasterios de España y de Europa. Fue mandado a construir por el rey García el de Nájera en 1032, y tras su finalización, consagrado el 12 de diciembre 1052 (siglo XI). En su interior reposan los restos mortales de decenas de ilustres y reyes. Impresiona saber que en tan corto espacio pueda haber tantos y tantos personajes relevantes para la historia de España. Antes de abandonar el municipio de Nájera, decidimos aprovechar la coyuntura y quedarnos a cenar en uno de los muchos mesones, con la banda sonora del imparable río y la seguridad de que no demasiado tarde, tocará volver a pisar las históricas y medievales calles najeranas o najerinas.

Atrás quedan grandes días llenos de luz, interminables campos verdes y momentos inolvidables. A pesar de mi marcha, carretera abajo en busca del lejano aeropuerto de Barajas en Madrid, La Rioja permanecerá como siempre con los brazos abiertos, fiel anfitriona de todo el que desea visitarla. Yo he querido ir un poco más allá, ir al encuentro de sus raíces, de sus sentidos y sentimientos. La Rioja está hecha de la historia más auténtica, pero sin duda alguna, estas hermosas tierras están hechas por los riojanos, hombres y mujeres de bien, gente sencilla y amable que a diferencia de otros muchos lugares, vive orgullosa de su Historia y de su presente. Volveremos a La Rioja en busca de muchos de sus misterios, porque entre castillos y callejuelas, entre montañas y riachuelos, se esconden grandes leyendas y pasajes de la Historia. ¿Se apunta para el próximo viaje?

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