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Giacometti conversa con los maestros del Prado

Por JUAN JOSÉ IGLESIAS ABAD. 01/04/2019

El museo presenta una exposición de dieciocho esculturas y dos óleos del artista suizo entre el 2 de abril y el 7 de julio.

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Alberto Giacometti

Alberto Giacometti. "Hombre que camina II"(1960) Riehen/Basilea, Fondation Beyeler, Beyeler Collection, VEGAP, Madrid, 2018

Hijo de un destacado artista posimpresionista, Alberto Giacometti (Borgonovo, 1901-Chur, 1966) comenzó a desarrollar sus capacidades artísticas de niño. Dibujaba con avidez, hasta que en 1922 se trasladó a París, ciudad en la que acabó su formación. En 1930 se adhirió al movimiento surrealista sustituyendo "lo real por lo imaginario". Pero posteriormente, en 1934 abandonó el movimiento por el deseo de búsqueda de "lo real".

Su época más representativa, entre 1945 y la fecha de su muerte, es la que se representa en esta exposición, para reflejar la etapa en la que el autor se obsesiona con la figura humana. Le atraen sobre todo las personas que lo rodean, sus seres más cercanos. La obsesión se hace más patente después de la II Guerra Mundial, dado que los hechos trágicos acontecidos radicalizan el estilo del autor, tal y como se observa en la muestra presentada.

Las 20 obras expuestas proceden de la Foundation Beyeler, Riehen/Basilea, Alberto Giacometti-Stiftung Zurich, Kunstmuseum Basilea, Louisiana Museum of Modern Art, Humleback, Dinamarca, Alicia Koplowitz, coleccionista y miembro del Real Patronato del Museo Nacional del Prado, la Fondation Marguerite et Aimé Maeght de Saint-Paul-de-Vence, la Hamburguesa Kunsthalle, Hamburgo, y el Museum of Fine Arts de Houston.

El recorrido de la exposición nos va guiando por distintas salas. Comienza en la sala de Las meninas de Velázquez con un conjunto de figuras ideado en 1958 como proyecto de escultura monumental en Nueva York, conformado por La Piazza - Mujer alta III, Mujer alta IV, Cabeza grande y Hombre que camina. El juego de espejos propuesto por el pintor barroco, se reafirma aún más.

El camino continúa frente a Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano. Aquí se ha colocado El carro: una mujer encaramada sobre dos ruedas gigantes, suspendida en equilibrio entre el movimiento y la quietud, el avance y la retirada; y dos pinturas entre las que encontramos Cabeza de Hombre I (Diego), obra en la que es representado Diego, hermano del artista, que pasó su vida junto a él.

Entre el Lavatorio de Tintoretto y las salas del Greco, podemos observar siete Mujeres de Venecia, pertenecientes a la serie de esculturas presentadas en la Bienal de Venecia de 1956 en el Pabellón francés; y una de sus obras cumbre, Mujer de pie, que manifiesta un claro paralelismo formal en su verticalidad y alargamiento con la obra del pintor cretense.

Delante de los colosales cuerpos de Hércules que representara Zurbarán, contrasta La pierna, obra que es producto de una realidad ya fragmentada después de la Segunda Guerra Mundial.

La fusión entre ambas artes, pintura y escultura, nos recuerda la dicotomía que ofrecen los caminos tomados por Giacometti a lo largo de su carrera. Primero como pintor compulsivo y más tarde como uno de los grandes escultores del siglo XX. La pintura barroca italiana y española son sin duda grandes referentes en su obra.




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