martes, 7 de diciembre de 2021

Andrés Marín: “Mi carrera se la debo a Francia”

El bailaor sevillano vuelve a su tierra natal el 16 de septiembre para cerrar su obra más quijotesca


Andrés Marín: “Mi carrera se la debo a Francia”
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Andrés Marín ha revolucionado el panorama artístico en los últimos años. De padre bailaor y madre cantaora, se considera pionero del flamenco contemporáneo. Un soñador, un hombre libre, un escapista de lo tradicional. A sus 49 años ha pisado escenarios por todo el mundo, y es ahora con 'Don Quijote' cuando más éxito está teniendo. Recorremos con él su propia historia, la de un joven bailarín sevillano enamorado de la pintura... y de una mujer americana.

Una figura andante se acerca por una de las callejuelas del Casco Antiguo de Sevilla. Es alguien alto, delgado, de largo y canoso pelaje. Cualquiera diría que podría tratarse del caballero hidalgo falto de cordura. Desaliñado pero moderno, se quita sus gafas de sol Andrés Marín, uno de los bailaores más relevantes de este siglo. Sonriente, nos invita a pasar a los que serán cuarenta minutos de charla continuada, repleta de anécdotas y confesiones. Abre las puertas así de su centro de vida, de su estudio. Ese que ha sido y será punto de encuentro de numerosos artistas de la talla de “El Lebrijano”, entre otros.

Relajado y amigable, así posa para las típicas fotografías de prensa. Luego, cruzado de piernas, preparado para lo que pueda venir. Seguro, en su ambiente, suelta un “tú pregúntame lo que quieras preguntar”, y es de esta manera como el telón se abre, dando paso a la futura intervención. Andrés, humilde y directo, suelta: “Bueno, yo soy un artista internacional porque el flamenco es un arte internacional, un arte que cada día tiene menos fronteras”. Es tan cercano que parece decir que no le gustan las etiquetas, sobre todo cuando habla de su padre: “Mi padre es artista...bueno la palabra 'artista' no me gusta decirla, prefiero ‘profesional del arte’”.

Lo que está claro es que Andrés es un tipo profundo, misterioso y de mente abierta. Tiene claro que a lo que su profesión respecta, no todo el mundo tiene la capacidad de apreciarla como debería: “Hay personas que parecen que son más alternativas y resulta que son más conservadoras que mi abuela”. Y es que se encuentra con que “el ambiente flamenco está muy sesgado, en un aspecto muy de cliché”. Y si eso, en pleno siglo XXI, puede “hervir la sangre” a cualquiera, imaginad a la de alguien que parece tener la necesidad de “contar lo que pasa hoy”. Para que os hagáis una idea, su baile combina los movimientos más tradicionales con los más contemporáneos: “Creo que el flamenco está viviendo una época en la que es necesario que se hagan espectáculos más híbridos”, confiesa.

“Don Quijote”, así se llama la nueva gira de este profesional del arte. Con la complicidad del director y dramaturgo francés Laurent Berger, la obra ya goza de las mejores críticas en Francia. Revela que se siente muy agusto en esta nueva etapa, y es que Berger es “un tipo que conoce los clásicos para bajarlos de lo sagrado”, por lo que es la combinación perfecta “para darle así una visión al Quijote de hoy, una ficción desde hoy, desde el hombre de hoy”. Esta pieza habla de “las batallas perdidas, las batallas ganadas” y refleja el envejecimiento, la voluntad del deseo y el dolor del fracaso como temas de fondo fundamentales. Se transforma así “la poesía en energía y la danza en literatura”.

Se le ve entregado cuando habla de ello. Apasionado, con ganas de mostrar al mundo su libertad dramatizada. La puesta en escena es de lo más peculiar: textos profundos subtitulados, fuegos y más fuegos, una pista de skate enorme que invade todo el escenario, bulerías en monopatines...y “muchas capas que no todo el mundo entiende”.

 

Antes de convertirse en el fantasma del que fue el primer protagonista literario moderno, Andrés estuvo a punto de dejar de bailar para siempre, aunque él mismo lo recuerda como “un parón por saturación de este ambiente, y por necesidad”. Cuenta que vio en el flamenco “una vía de escape para poder subsistir”, puesto que no tuvo unos estudios amplios ni se lo pudieron cotizar en casa. Gracias a un amigo empezó a trabajar en un laboratorio con prótesis dentales, y tras unos años aprendiendo el oficio, se dio cuenta de que lo que realmente le inquietaba era la danza: “Podría haber sido un protésico dental. Sin embargo, volví a mis orígenes y volví a bailar”.

Él, que reconoce sus miedos y sus fallos. Él, que aprende a levantarse y abrirse con los años, no ha sufrido nunca pánico escénico, pero sí que conoce de primera mano la incomodidad de no interactuar lo suficiente con el público: “Ya cada vez lo acepto más, pero lo he aceptado de mayor. He tenido como un rechazo a eso, quizás porque cuando era pequeño veía como mis padres estaban en un escenario, y a mí no me gustaba eso de verlos a ellos ahí y yo verme sentado esperando a que terminaran”.

Define el flamenco como algo muy hermético, donde el artista es artista y el público es público, como si una valla los separara. Reflexiona, pensativo, y se emociona un poco: “Vivimos en un mundo con demasiados códigos. Somos todos iguales al final. Ni el artista es artista, ni el ser humano es ser humano, ni el artista está haciendo algo sagrado...tenemos que darnos y acercarnos más todos, tenemos que compartir”.

Un tipo especial, el cual no se siente nada valorado en España. Que se le llena la boca cuando habla de Francia y le salen llagas cuando habla de España. Relata cómo a los niños en Francia se les lleva al teatro desde muy pequeños, al cine, a museos: “Se les educa culturalmente hablando, es lo normal, y eso les da mucha ventaja. No pensamos en los niños y en el futuro, esto es una tierra de pasado, estamos todo el día levantando muertos, es un disfraz en un mundo que no corresponde”. Cuando actúa en su país de origen suele hacer espectáculos más tradicionales, con indumentaria negra, muy esencial, para no distraer. Orgulloso pero algo apenado, afirma: “Mi carrera se la debo a Francia”.

Infalible por su talento, estima con soltura el de los demás. El sevillano dice no tener muchos hobbies, puesto que vive muy enfocado en su profesión y “cuando se mete de lleno vive por y para”, pero tiene algo muy claro: “El hobbie es arte, cultura e información. Y aprender lo que no sé”. Es por ello por lo que es un amante de las manifestaciones artísticas del hombre. En su estudio puedes toparte con una cafetera de oficina o con un sombrero del mismísimo Pepe Marchena. Cuadros de arte contemporáneo, libros de Antonio El Bailarín o Vicente Escudero, imágenes de bailarines como Kazuo Ohno o Nijinsky, y algún objeto familiar. También es propietario de elementos bastante curiosos, como pueden ser un xilófono fabricado por huesos de plástico o un huevo colorido con apariencia de planeta escayolado, cosa que no es, se trata más bien de una piedra de río que un amigo se encontró. Dice no tener ningún pintor ni bailaor favorito, ya que sería injusto elegir y dejar a otros fuera; todos parecen aportarle algo: “¿Decir Zurbarán y no El Greco? ¿decir Caravaggio y no decir El Bosco? ¿A quién prefieres a tu padre o a tu madre? Todos. Todo lo bueno es bueno y todo lo malo es malo, porque esto último no tiene profundidad, no tiene nada que contar, es plano”.

Ya fue una vez protésico dental, pero en otra vida le gustaría dedicarse a la pintura, la arquitectura o, aunque le dé cierto pudor, la cirugía: “Creo que un gran cirujano es como un ángel”, admite. Cada una de esas profesiones, según él, tienen un factor común: “Si pudiera dedicarme a otra cosa que no fuera el baile, me gustaría que fuera algo que tuviera que ver con la composición o entender el mecanismo de las cosas”, pero la realidad es que es un fanático del flamenco y de la danza, la cual además le viene muy bien para su nerviosismo innato.

Alguien que parece calmarle un poco, además del baile, es su mujer Emilia, una americana de la que está enamorado hasta las trancas. Su búsqueda por lo distinto, por lo no tradicional, le llevó a ella: “Creo que uno tiene curiosidades en la vida y una de las mías era no casarme con una mujer española, quizás un poco por buscar otra...sensación. Ya la curiosidad me venía de niño y sinceramente...creo que tenía que ocurrir porque lo he buscado así”. Al hablar de ella parece como si la calma de una tempestad le estuviera acariciando. Sonríe, titubea, se queda pensativo. Mientras él se preocupa por crear y disfrutar su medio de vida, su carrera, ella se encarga de escribir las sinopsis de sus giras en la página web, en subir fotografías artísticas, en responder correos, hacer llamadas, en definitiva, llevar todo al día: “Ella está estudiando psicología, pero siempre me ha ayudado mucho y ha creído en mí y nunca me preguntó quién era”. Bohemio, admite que su lugar favorito en el mundo es cualquiera en el que esté con su mujer. No necesita más si la compañía es buena: “Es que es la verdad, eh. Me da igual estar en un banco, que estar aquí, que estar en París, que estar en un cartón si estoy con ella”. Entre otras cosas, suelen ver películas juntos. Andrés es más de películas basadas en artistas o esas en las que se aprende algo de simbología. Y, por qué no, de “las películas estas de acción que son muy malas, que no tengo nada que pensar, y me harto de palomitas, que también está bien”.

Apuesta, además, por la música de calidad: “Cada ser humano, por lo general, tiene una sensibilidad con alguna música de uno u otro género, pero creo que todo lo que tiene calidad, peso y identidad, merece ser escuchado”. Una de sus grandes frustraciones es la de la literatura: “Es muy bella, pero he de decir que no soy un gran lector, y de hecho, soy un mal lector, pero no porque no me interese, sino porque me cuesta mucho trabajo concentrarme”. En resumidas cuentas, es un apasionado de las artes: “El arte es lo que nos separa de los animales y aun así somos a veces más animales que los animales...”

Otra cosa que nos separa de los animales es la vestimenta. Los bailaores tradicionales suelen vestir ropa “un poquito ancha”, pero este escapista de lo tradicional admite que le encanta bailar con ropa ajustada, que se siente cómodo y realza su figura. Y no se pone en duda, en su día a día hasta suele vestir skinny jeans. Él, que recuerda correr por los escenarios desde que tiene uso de razón, solo tiene una manía: odia que le pisen los zapatos. Y hablando de zapatos, en su nueva gira ha llegado a bailar en un escenario transformado en campo de fútbol usando unos deportes de tacos, los cuales limitaban el sonido: “Pero esa era la idea. Yo ya no tengo que demostrar mi capacidad de virtuosismo, sino buscar nuevas texturas, nuevos mundos y nuevos universos, aunque sea no hacer nada, si el universo es propicio para la obra”. Apunta que lo más difícil de su profesión no es saber comunicar o no, sino más bien lo realmente preparado que tienes que estar físicamente. Andrés no fuma, no bebe, y come mucho a la plancha. Místico y emprendedor, sueña con poder abrir algún día un centro de artistas creadores, donde todo el mundo entrara y saliera, “donde la gente tuviera un sitio donde entretenerse y no hacer daño. Y creando, no haces daño a nadie, haces un bien para la sociedad. Crear, apoyar y educar. Ayudar al que no puede. Cosas que se deberían hacer y que no se hacen. Compartir. Pero compartir hasta un límite, desde la seriedad, sin ánimos de lucro alguno por parte de la otra persona. Tengo un estudio de baile y daría clases gratis, pero si tú me firmas un papel que tú también las vas a dar gratis”, confiesa algo indignado.

Andrés, emocionado y novelesco, se despide de una de las conversaciones más nutritivas: “Y seguir libre, y no tener miedo en desarrollar lo que tú crees, por encima de lo que creen los demás. Y no venderte a lo comercial, sino buscar en realidad algo que tú sepas que incluso si no funciona, va a funcionar, porque eres pionero”.

Y hasta aquí la leyenda de un tipo peculiar, libre y sencillo. Vale.

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