miércoles, 29 de junio de 2022

Iluminar a través de la música de Silvia Pérez Cruz

Ponerse la noche por encima y mecer la música por las tablas del Maestro Padilla con la intimidad de escuchar el concierto de una casa de músicos.


Iluminar a través de la música de Silvia Pérez Cruz
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La luz era tenue y un violín daba las notas, se escuchaba la voz de Silvia Pérez Cruz, la protagonista de la noche, y su figura se intuía entre la oscuridad, daba inicio el espectáculo bajo el consuelo de Cinco Farolas. Poco a poco aquella “familia de músicos”, así los llamaba la cantante, compuesta por Elena Rey y Carlos Montofor, a los violines; Anna Aldomá, a la viola; Joan Antoni Pich, al violonchelo; y Miguel Ángel Cordero al contrabajo, tomó posesión del escenario. La catalana dirigía al quinteto de cuerda en gestos sutiles, por ejemplo, cerraba un puño y los silenciaba, como si toda la música que emitieran los instrumentos cupiera en su mano.

Vestía un elegante vestido rosa de piel de ángel, largo hasta los pies, valga el tejido de la prenda para compararlo con la tersura de su voz. Era sencillo y sofisticado, como la ecléctica cantante, quien anoche paseó habaneras, rancheras o un tango flamenco de los maestros Morente y Habichuela, Estrella, como si fueran canciones de cuna que desgarran el alma. El público respondía con largas y sonadas ovaciones, interactuaba con la música cuando Pérez se lo pedía. En ¡Ai, Ai, Ai!, La canción con la que ganó un Goya, los oyentes hicieron los coros creando un momento mágico cuando se hizo el silencio y el aforo seguía cantando, hasta que reanudó melodía y voz.

Carabelas merece una mención de honor en cuanto a la interpretación de los músicos, explicaba la intérprete que “es una canción muy abierta y cada día es una vuelta” y allí, entre la disonancia y la melodía, los instrumentos y su voz vibraban en resonancia. También hubo tiempo para acercarse a la muerte a través de la poesía de Ana María Moix a dúo con el violinista Carlos Montofor, único instrumento de la canción quien tocaba como si fuera un ukelele. Aunque el violín no sería el único solista de la noche, puestos a improvisar y salirse de la lista qué mejor manera que con una habanera, que ha sido cantada por María Teresa Vega o El Cigala, cuanto más si lo hace acompañada por las cuerdas de un contrabajo, así desprovista y desnuda presentó su versión de 20 años envuelta en Temps perdut. Porque en sus inicios así interpretaba la artista con su padre, quien junto a su madre compusieron hace más de 30 años la habanera que da título a su último trabajo, Vestida de Nit.

Era impresionante ver cómo se levantaban los espectadores en mitad del concierto en gesto de agradecimiento, admiración y respeto con un marcado silencio cada vez que la artista se dirigía a ellos o se escuchaban los primeros acordes. No hay tanto pan, banda sonora de Cerca de tu casa, un tema que la canante compuso y habla de los desahucios, llega a la “gente que es más sorda”, decía la artista.  

“Ayer fue un día guay, no sé qué va a pasar, pero al menos eso que parecía imposible…”, decía la vocalista, mientras el público aplaudía, en referencia a la moción de censura. Un concierto de dos horas largas que sin embargo se hizo corto, desde la platea lo dijo una voz. Una propina y colofón final que pedían más porque aquel Gallo Rojo, Gallo Negro con el cuadro de músicos de pie frente al escenario y las tablas ensangrentadas de luz levantaron pasiones.

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