OPINIÓN | ¿SE ACERCA EL FIN DEL MUNDO, EL FIN DE NUESTRO MUNDO?

El anochecer del planeta de los simios

Por LEÓNIDAS KENNER. 21/01/2017

En 25 ó 50 años no quedarán primates, salvo los humanos, que también caminamos hacia la extinción.

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Como depredador, el ser humano no conoce límites. No descubro nada si afirmo que, en su esencia, el hombre actual tiene el mismo apetito por exprimir el planeta que el ya demostrado por los primeros cazadores prehistóricos.

Aquellas primitivas lanzas se han tornado armas de destrucción masiva, y tanto se da que sean piedras o bombas, porque continúa latiendo el sempiterno impulso de destrucción. También presente en el afán del ser humano por arrollarlo todo en su día a día, cual apisonadora imparable. A la postre, una manera infalible de destruir el equilibrio del planeta y a sí mismo.

La apisonadora humana

El rodillo humano no perdona, y a las pruebas me remito. Las hay por doquier, por lo que resulta ocioso dar ejemplos. Sobre todo, desde que la revolución industrial o, si se quiere, la modernidad ha traído nuevas herramientas. Más sofisticadas, sí, pero con idéntico objetivo. Diseñadas para avanzar en la extracción de recursos, en la acumulación de riquezas solo para unos pocos.

Si antes las pérdidas masivas de especies las provocaban los fenómenos naturales, ahora son obra del ser humano, el único animal lo suficientemente estúpido como para destruir su propio hábitat. De hecho, la "sexta gran extinción" ya está aquí, y los primates tienen las de perder, advierte la ciencia.

Einstein se pronunció al respecto, cuando afirmó que “hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy seguro. De la segunda, puedes observar como nos destruimos solo por demostrar quien puede más”.

Con el problema añadido de que el hombre no solo se destruye a sí mismo, sino la valiosa vida que bulle en el entorno natural. Un ecosistema necesario para su supervivencia como especie. En otras palabras, estamos serrando la rama sobre la que nos sentamos.

Primates en la cuerda floja

Estamos destruyendo el hábitat de muchas especies. Un golpe mortal para la biodiversidad, y también para los primates. Sin un lugar en el mundo, sencillamente desaparecen de él. Es lo que, a la postre, nos espera también a nosotros si no reaccionamos a tiempo.

Eso, sin contar con otras amenazas que se ciernen sobre ellos, y de las que el ser humano también es responsable, como la caza, su uso y abuso en laboratorios, circos y zoos o el tráfico de especies.

Además de sufrir unas demoledoras indiferencia e incomprensión, otra manera de matarlos, a largo plazo infinitamente más letal. De todo ello nos habla la palabra y la mirada de Jane Goodall, cargadas ambas de una inevitable tristeza, inconformismo e inteligencia emocional.

Ser defensora tanto de los chimpancés como de la naturaleza y dedicar toda una vida a tal desafío no le impide, sin embargo, disfrutar de la alegría sencilla pero esencial de sentirse viva y sentir vivos a los primates, auténticos supervivientes en este planeta hostil. Y, sobre todo, sin dejar de ser optimista.

Si no lo fuera, la primatóloga hubiera tirado la toalla hace mucho tiempo, o probablemente ni siquiera se hubiera embarcado en tal empresa. Cuando, en realidad, solo pide un comportamiento respetuoso y civilizado hacia los animales en su entorno natural. Un imposible, cuando el interlocutor es el género humano.

Sea como fuere, estamos condenando a muerte a nuestros parientes más próximos. Destruimos su hábitat en todo el planeta. Resultado: ningún bosque, ningún animal está a salvo. Actualmente, el 60 por ciento de las especies de primates están en la cuerda floja por nuestra culpa y el 75 por ciento de sus poblaciones acusa ya un importante declive, alerta el mayor trabajo realizado hasta la fecha.

Así lo concluye una reciente investigación publicada en Science Advances, en la que se pronostica una extinción masiva de los primates en un plazo de entre veinticinco a cincuenta años. Una previsión alarmante, que acontecerá si para entonces nada ha cambiado.

La sexta gran extinción

Nuestro propia codicia acabará volviéndose contra nosotros, cual boomerang, si se cumplen las previsiones de la ciencia. Son muchos los ingredientes de este cóctel mortal: la agricultura, la minería, la caza legal o furtiva, la explotación del subsuelo, la polución, una demografía desaforada o, cómo no, también el cambio climático.

No son pronósticos apocalípticos de científicos de tres al cuarto. No son voces marginales. Muy al contrario, encontramos dichos llamamientos en prestigiosas revistas científicas como Science o Nature, y lo cierto es que no dejan de sucederse. Su conclusión es clara: las especies desaparecen de forma tan rápida que estamos llegando a un callejón sin salida. Un camino sin retorno que nos lleva a un escenario distinto.

Llamémoslo fin del mundo o, mejor, el fin del mundo tal y como lo conocemos. Según esta misma publicación, la biodiversidad está a punto de colapsarse, lo cual solo puede significar una nueva extinción masiva, y la razón no es otra que el avance del ser humano en su delirante carrera por acaparar recursos.

Un ritmo inesperado

La ciencia está frotándose los ojos una y otra vez. No puede creer que el ritmo de desaparición de especies sea tan brutal, ni tan rápido. Un buen ejemplo de este pasmo general son las declaraciones del ecólogo Stuart Pimm, profesor de la Universidad estadounidense de Duke.

Pimm fue líder de una investigación publicada en Science que anunciaba en 2014 el inicio de la sexta gran extinción planetaria, habida cuenta de que por cada millón de especies cada año desaparecen entre los cien y los mil a consecuencia del ser humano.

Así las cosas, solo cabe temer lo peor o todo lo contrario. Soñar con un mundo mejor, con una toma de conciencia repentina que cambie las cosas, in extremis. ¿Una esperanza vana? Lo cierto es que todavía hay margen o, dicho con poesía, aún es posible esperar un cambio real.

Del mismo modo que los expertos advierten que el ritmo actual de extinciones es sinónimo de fin del mundo en una veloz cuenta atrás, subrayan que ”evitarlo todavía es posible”. Como dijo Jean Rostand, imbuido de un humanismo que hunde sus raíces en la confianza en el ser humano, “estamos en relación mágica con la naturaleza. La próxima transformación biológica de la humanidad creará seres conscientes de esa relación”.

¿El fin de nuestro mundo?

Estos aires de optimismo no son los que alimentan a la ciencia actualmente. En 2012, la revista Nature se hizo eco del trabajo de un equipo internacional de más de una veintena de prestigiosos científicos, cuya conclusión iba en el mismo sentido que la anteriormente mencionada. Lisa y llanamente, el mundo no puede aguantar el embate de la civilización humana.

En este caso, el acontecimiento decisivo no será un asteroide, desencadenante de la última extinción masiva, sino no haber apostado a tiempo por un desarrollo sostenible, la razón de la destrucción de los hábitats naturales que causa el consumo de recursos, sumado al calentamiento global y la explosión demográfica.

El ser humano, ese primate tan “avanzado”, debe frenar en seco y corregirse si quiere salvar su culo. En otro caso, salvo que haga sus maletas y se suba al próximo cohete de línea en dirección a otros mundos, habrá llegado al final de su camino.

El estudio habla de un periodo corto de tiempo. Si no se reacciona, en cuestión de décadas el colapso de los ecosistemas será inminente e irreversible. El planeta, en suma, sufrirá una transformación para la que no estaremos listos.

El ser humano, ese primate tan “avanzado”, debe frenar en seco y corregirse si quiere salvar su sucio culo. Salvo que haga sus maletas y se suba al próximo cohete de línea en dirección a otros mundos, habrá llegado al final de su camino. Se verá incapaz de sobrevivir ante “la nueva situación, para la que no estaremos preparados”, concluye el trabajo.

Eventos extremos provocarán una tremenda inseguridad alimentaria y de recursos básicos, como el agua. Se prevé también la multiplicación de las epidemias, en especial de las enfermedades infecciosas, así como migraciones de grandes masas de población hacia ninguna parte.

A este panorama se le sumará una extinción de especies también inédita en la historia de la humanidad. Es un camino que ya hemos iniciado, y de igual modo que un asteroide extinguió a los dinosaurios , igualmente en esta ocasión un impracticable entorno dará paso a otras especies mejor adaptadas. La ley de la evolución triunfará, y la imposibilidad de adaptación ocasionada por un entorno hostil nos dará las peores cartas.

Nosotros, el último primate, veremos terriblemente amenazada la supervivencia. Seremos, entonces, una víctima más de una extinción masiva de las muchas que han acontecido antes de que llegáramos. En esta ocasión, tristemente, ocasionada por nosotros mismos.

Recordemos que de las cinco extinciones masivas relacionadas con los cambios climáticos, la más reciente sucedió hace alrededor de 14.000 años. Fue el último gran cambio entre períodos estables.

Una parte de la superficie del planeta perdió la capa de hielo que la cubrió durante el último período glacial. Fue durante este periodo de estabilidad cuando surgió la civilización humana, trágicamente destinada a acabar con él y con ella misma.

De hecho, a punto está ahora este primate bípedo que se cree el rey de provocar otro gran cambio que pulverice los límites biofísicos y, en fin, antes de lo imaginado acabe borrándolo del planeta.

Un nuevo amanecer sin nosotros

La extinción de los primates será, entonces, completa. Así las cosas, el anuncio del tremendo declive de los primates se revela como una sorda metáfora de lo que nos espera también a nosotros, los últimos primates. Sencillamente, son distintos fotogramas de la misma película.

Esta vez, no se tratará de un largometraje sobre el fin del mundo que ver bien cómodos, a salvo. Repantingados en nuestros sofás o arrebujados en los asientos del cine, atiborrándonos de palomitas. O, por supuesto, en plena era digital, dándole al play en cualquier ordenador o dispositivo móvil.

En modo alguno será un fin del mundo al uso. Nada de clichés. Los causantes no serán la colonización por parte de extraterrestres ni un asteroide. Tampoco vendrán los chimpancés a demostrar su supremacía en momentos bajos de la humanidad. Será mucho más prosaico, lento, triste, y lleno de un karma de rostro vengativo.

Eso sí, nada evitará que la historia sea la de siempre. Todo estaba ya escrito en las estrellas desde la noche de los tiempos. Las especies que no consigan adaptarse a los cambios y, en definitiva, a la falta de recursos, desaparecerán sin remedio. Al igual que les ocurrió a los dinosaurios, estaremos atrapados en un planeta ya inservible para sobrevivir, sin duda alguna un asunto menor para la gran fuerza del universo.

No un planeta destruido, solo muy diferente, caótico a nuestros ojos. Y, puestos en situación, perdernos de vista a buen seguro representará una gran suerte para el planeta y sus futuros moradores. ¿Aunque, llegados a ese punto, a quién le importa ya tal cosa? Gira el mundo, gira...

@leonidaskenner

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