Julietas y Romeos

Por IRENE CORTÉS. 15/02/2017

amor
cartas
Romeo
Julieta
Shakespeare
McLuhan
Gutenberg

Era el día adecuado para comenzar la lectura de la obra de Shakespeare. No se me ha ocurrido mejor fecha para hacer volar la imaginación y que los estudiantes de cuarto curso de educación secundaria se dejaran imbuir por las vidas de los Montesco y de los Capuleto. Creo que ha funcionado. El amor estaba en el aire, fluía libre por los pasillos del instituto como si el 14 de febrero fuese su fiesta de puesta de largo. Flores, corazones, declaraciones… y los personajes del autor inglés cobrando vida en las voces adolescentes.

Qué lejos quedaron ya las cartas, más allá de significar un gesto romántico en el día de los enamorados. Los recuerdos en los que aparecen en activo se tornan sepia, se arrugan las esquinas y el papel se agrieta por doquier hasta en la memoria. El universo tecnológico lo copa todo. Es útil, no vamos a negarlo, pero ya no existe la emoción de ponerse de puntillas y mirar en el interior del buzón, tener el sobre entre las manos, acariciar el sello, mirar la fecha para calcular el tiempo que ha tardado en llegar hasta ti, pensar en qué esconderá su interior, adivinar, como en el lenguaje de los invidentes, por la textura del papel, por el peso y el grosor del continente, la trascendencia del contenido.

Hace tiempo que no recibo un mensaje epistolar, si acaso algún paquete de alguna de esas empresas donde te solucionan el problema de encontrar lo que quieres sin moverte de casa, sin tener que desplazarte a una de tantas maravillosas librerías –por poner un ejemplo- y perderte en el aroma de las obras allí expuestas –fragmentos que son vida de otras vidas-, en los colores y las letras que los cubren, imaginarte en su interior… Es la magia del papel, en continua pugna con los soportes digitales en los últimos años. Llámenme romántica, pero no me negarán que es incomparable la sensación de utilizar varios sentidos al unísono en lugar de uno solo: la vista. Escribir cartas, recibirlas o tener un libro entre las manos implican también al tacto y al olfato en este juego de placeres primarios.

Me niego a pensar que tal vez Romeo, a través de un whatsapp, se habría enterado a tiempo de lo ocurrido a su amada y habría cambiado el destino de ambos. Claro, nadie quiere, al comenzar a leer la historia, que ese amor termine así, con la muerte como lugar común. Mas, si trasladamos este hecho a la actualidad y accionamos todos los resortes digitales a nuestro alcance, creo que estaría en lo cierto asegurando que nada sería igual.

Hasta al mismísimo espíritu de Marshall McLuhan se le estarán yendo de las manos las bases teóricas de su Galaxia Gutenberg. Cultura de la escritura en competición con la cultura electrónica. Qué contradicción, cuando utilizo mi ordenador para redactar este artículo y publicarlo en un medio digital. Opino que cada recurso tiene su lugar.

Es fantástico poder acceder a ritmo de `clic´ a multitud de conocimientos, aunque, pese a la velocidad a la que se nos cronometra la vida, yo siga añorando mis momentos sin reloj frente a un buen libro y recibir tradicionales misivas jugando a descubrir en su caligrafía el temblor emocional de quien, mientras escribe, piensa en mí. Como Ulises hizo un día con Eolo para alcanzar Ítaca, también yo pido cartas al viento.

Firmado: Julieta.











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