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OPINIÓN | VÍCTIMAS DE GUERRA

Queridos diarios de la guerra

Por ALBA MARRERO. 17/05/2018

El planeta continúa siendo un generador de diarios personales que acaban convirtiéndose en patrimonio social; confidentes de guerras y contextos, suspiros de batallas y de miedos.

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Ana Frank contó al mundo, sin saberlo, la barbarie contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial

Querida Kitty, han descubierto dos páginas más de ti. Llevabas décadas cargando ese secreto bajo papel de estraza; desde que a un loco con bigote hortera se le antojara el exterminio de los judíos. El pasado martes tu secreto y el de Ana Frank dejaron de estar a salvo. Han publicado todo lo que Ana te contó, en aquella buhardilla, bajo el sonido de los aviones que ponía banda sonora a la segunda guerra mundial. Ya todo el mundo sabe que tu amiga, tu mejor confidente y a la que no le importaba ser vulnerable en tu presencia, sentía curiosidad por el sexo. Te explicaba y te planteaba sus miedos y curiosidades sobre la menstruación, la prostitución o la homosexualidad. Una niña de trece años que quizá por represión, por vergüenza o por sentir que estaba indagando en la obscenidad, tapó con papel marrón las dudas que cualquiera habría tenido a su edad. Las razones que llevaron a Ana Frank a tapar esas dos páginas son desconocidas aunque es entendible, incluso a día de hoy, que el sexo nunca ha sido un tema de agrado para la libre expresión, convirtiéndolo en tabú en las charlas familiares, en las escuelas, en la cama y si es en la vida, sólo se bromea. El humor siempre salvando las distancias. Pero todo esto, es otra historia.

Tras el descubrimiento, anunciado desde el museo de la Casa de Ana Frank, de las dos páginas en las que la joven planteaba dudas con respecto a su sexualidad, indudablemente, se invita a recordar el contexto en el que se sitúa la historia y a retorcernos de desesperanza al leer las maldades de la especie humana. Errores garrafales que no han dejado de repetirse, haciendo que toda generación conozca un punto del planeta, si no es el suyo, en el que acontece una guerra. Cuántos 'Kitty' yacerán ahora en el mundo; bajo escombros, bajo charcos de sangre, bajo el abrazo de una niña asustada y con los que algún día, todos esos secretos, compartidos entre sufrimiento y muerte, serán patrimonio de una sociedad que sigue batallando por petróleo, territorios, religión y riquezas. Cuántas niñas hoy estarán escribiendo en sus diarios, los pequeños aliviadores de la soledad que les trajo la guerra, sobre dudas existenciales, sexuales e intelectuales que quizá nunca experimentarán.

Así, entre tanta barbarie que parece no menguar, comienzan a aparecer los diarios y testimonios de figuras como Malala, la niña paquistaní acribillada a tiros por los talibanes al defender el acceso a las escuelas de las niñas de su país. O incluso el más reciente libro del periodista español, Antonio Pampliega, que narra la oscuridad de estar diez meses secuestrado por Al Qaeda cuando lo único de lo que quería escribir era de la guerra siria, de los miedos de otros y no de los suyos propios. Querida Kitty, el mundo, lamentablemente, continúa siendo generador de diarios personales que acaban convirtiéndose en confidentes de guerras y contextos; suspiros de batallas y de miedos, como lo fuiste tú en la guerra que exterminó a cerca de seis millones de judíos, aunque ahora te sonrían porque Ana a veces usó contigo tinta picarona.

Solo en los dos primeros meses de 2018, acorde a un informe de UNICEF, 1.000 niños han muerto o han resultado heridos en la guerra siria. Otros muchos, afirma la organización, han sido torturados, secuestrados, víctimas de violencia sexual o reclutados en grupos armados. Son 29.000 los niños refugiados y migrantes que llegaron a Europa en 2017. Según Naciones Unidas, el pasado lunes más de 50 personas murieron en la franja de Gaza por los disparos de soldados israelíes. Hubo más de 2.700 heridos y seis niños muertos.

Podría enumerar muchas más víctimas de todas las guerras que vinieron después de ti, Kitty. Mientras que en el siglo XX ser judío les llevaba a la muerte, ahora se muere por ser sirio, por iraquí, por palestino, afgano, infiel, cristiano o por cualquier razón de ser. Seguramente te resultará curioso que a día de hoy muchos continúen sin llevarse muy bien por aquí y que toda esa generación, que fue testigo de las barbaridades del nazismo, fuera incapaz de apadrinar la tolerancia, de aprender de sus errores y de exterminar el racismo, el fanatismo y la maldad. De hecho, Kitty, se ha puesto a un presidente que es racista, homófobo, machista y al que le mola la guerra en el gobierno más poderoso del mundo.

Querida Kitty, después de ti y de Ana Frank, continúan escribiéndose diarios. Son los que continúan dándole dignidad y esperanza a la especie ante la barbarie que ella misma es capaz de generar. Como hizo Ana contigo. Aun siendo relatos de valor, lo penoso es que décadas después tengan que seguir existiendo esos dichosos diarios para descubrir los secretos que personas normales compartían consigo mismas a través del papel.

Resulta extraño pensar cuántas páginas tendría Kitty hoy si el cuatro de agosto de 1944, Ana Frank no hubiese sido descubierta por las SS, y fallecido meses más tarde en el campo de concentración de Bergen-Belsen. Resulta extraño pensar que si en lugar de descubrir décadas después un secreto corriente, de una niña de trece años, o de cualquier persona que a día de hoy esté escribiendo mientras las paredes de su habitación, o de su escondite, o de su buhardilla, se tambalean, nos lo hubiesen contado ellas mismas. Si quisieran.




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