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OPINIÓN | VIOLENCIA DE GÉNERO

El ganado

Por ALBA MARRERO. 10/05/2018

Ese feminismo que está tan en la palestra ha venido a pedir que la vagina no sea una soga al cuello, un esfuerzo constante por mantener la vida.

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«Los hombres de calidad respetan la igualdad de las mujeres»

Aviso a navegantes: No hay ficción. Todo esto es verdad. Han sido dos las veces que he tenido que ver cómo un hombre se masturbaba en público, muy cerquita de mí, diciendo cosas que elegí no escuchar. Hubo una tercera en la que tuve que tranquilizar a una amiga que lo acaba de ver en vivo y en directo en el aeropuerto; solo para ella. Me han preguntado, junto a una compañera de la facultad, en una parada de guaguas —autobuses— cuánto cobraríamos por un «servicio» y si nos iríamos con ellos en el coche. A una amiga le han preguntado la talla de pantalón antes de concederle una entrevista de trabajo. Me han tocado el culo en una discoteca, y a mi amiga, y a la amiga de mi amiga. Me han llamado «amargada», «antipática» y me han dicho eso de «tampoco eres tan guapa» cuando no he seguido la corriente a alguien que me incomodaba. También en una discoteca, me han dicho que si me hubiese puesto unos tacones «sería perfecta». Han puesto droga en la bebida a amigas mías. He escuchado de mis tías, primas y conocidas solteras que o son brujas, o son raras, o son lesbianas o tienen un carácter complicado. Me han llegado a decir que si tengo novio, tengo que arreglarme más; que cualquiera me aguanta y que asusto a los hombres porque me gusta cuestionar. El de la gasolinera me tiene frita con que tengo que cambiar de coche – un Mitsubishi Montero del año de la rasca – porque dice que no me pega, que es mucho para mí.

He visto a amigas cambiar sus conductas y su forma de vestir por los celos de sus parejas. A una amiga, su chico (ya ex), le dio un tortazo. Me han dicho alguna vez que tampoco hay que ser alarmistas, que no hay tantas violaciones al año. He vuelto con miedo a casa y algunos extraños se han sentido en la necesidad de tranquilizarme y decir que no me perseguían, que solo caminaban en la misma dirección. Me han llegado a decir, casi como una riña, que si me gritan algo por la calle tengo que sonreír y agradecerlo; que es un cumplido aunque me llamen «morena» como quien llama a su perro, me lancen besos que no he pedido o quieran «empotrarme» contra la pared. Sí, muy heavy. También he escuchado que es muy raro que una chica como yo no tenga pareja; que algo malo tendré, como si fuese yo la elección y no la que elige. Me han espetado que es una desfachatez que prefiera adoptar a tener un hijo biológico porque en fin, soy mujer, qué perdida estoy en la vida si solo quiero educar y no procrear. He escuchado durante años y años, desde muy pequeñita, entre algunos hombres, que la pregunta en lugar de «¿Qué tal la fiesta?» es «¿Qué tal el ganado?». «Adiós yeguas», nos dijeron una vez a una amiga y a mí. Confieso que esa vez tuve que partirme de la risa. Yegua, sí. Madre mía.

Sigo escribiendo sin nada de ficción. Según los datos del Observatorio contra la violencia doméstica y de género del Consejo General del Poder Judicial, el año 2017 (últimos datos recogidos por este órgano) finalizó con más de 150.000 mujeres víctimas de violencia de género en España. Acorde a los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, de ellas, 51 fueron víctimas mortales y solo 12 de las fallecidas habían denunciado anteriormente. Según el mismo ministerio, el primer trimestre de 2018 ha terminado con el menor número de víctimas mortales de violencia de género registrado en los últimos diez años pero van siete.

Esas siete mujeres, que por un sistema de mierda ahora son cadáveres, seguramente fueron antes, alguna vez, esas chicas antipáticas, amargadas, de difícil carácter, aspirante a una soltería rodeada de gatos, ganado, yeguas y las que les gustan que les peguen. Chicas y chicos, niñas y niños, padres y madres, este es nuestro sistema y espero que sintáis que hay que cambiarlo tanto por el bien de unas como de otros. Por sociedad, por principios y por sentido común. Y en fin, ese feminismo que está tan en la palestra no ha venido a fastidiarlo todo. Ha venido a pedir que la vagina no sea una soga al cuello; un esfuerzo constante por mantener la vida. Esas malvadas feministas o como decía mi cartel favorito del ocho de marzo, esas nietas de las brujas que no pudieron quemar, no quieren machacar a los hombres ni extinguirles del universo. Es el meneo a un sistema que nos hace daño, nos acuchilla, nos viola y nos mata en nombre de la peor versión del amor.

Peco de egocentrismo quizá para decir una vez más que no veo ni creo en ninguna lucha en contra de los hombres. No me gustaría, ni me planteo, que ardan en el infierno. Adoro a mi padre y a mi hermano; tengo un mejor amigo que es la hostia; tuve novios y ex novios estupendos; amigos divertidos, buena gente e increíbles; he tenido compañeros de trabajo y jefes maravillosos y me parecen una preciosidad los rasgos masculinos en una cara. Lo que no aguanto, y lo que no debemos aguantar ninguno de nosotros, es a los imbéciles, a los que dañan, a los que discriminan, a los que violan y a los que asesinan. Lo que no aguanto, y no debemos aguantar ninguno de nosotros, es que ya en este año haya siete mujeres que yacen en un ataúd por llevar una vagina —estupenda y maravillosa por cierto — y que quizá, mañana, o en unas horas, o en unos minutos, o ahora, ya, sean ocho. Lo avisé. No hay ficción. Es todo verdad.




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