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OPINIÓN | EL ESCÁNDALO DE CAMBRIDGE ANALYTICA

¿Quién anda ahí?

Por ALBA MARRERO. 05/04/2018

El fracaso que suma Facebook no es solo una obra de descuido de Zuckerberg; los usuarios de la red social también hemos abandonado proteger nuestra intimidad

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Mark Zuckerberg, creador de Facebook.

Hace dos años que Carlota terminó su carrera de Psicología por la Universidad de La Laguna, en Tenerife. Carlota no es tinerfeña, es de Barcelona, pero se crió en la isla. La define como su “segunda tierra”. Tras terminar sus estudios, Carlota se fue a Irlanda como Au pair. Cuidó durante un año a dos gemelas pelirrojas y a un bebé de diez meses. Vivía en Galway. Y como tiene 22 años, además de cuidar niños, Carlota salía los viernes por la noche a un pub llamado The fairy tale, los sábados viajaba en tren para hacer turismo y los domingos bebía café con dos amigas españolas que había hecho. Carlota no se pudo contener las lágrimas al volver a casa. Echaría muchísimo de menos a su familia de hospedaje, a sus dos amigas españolas y a su amigo irlandés, James, que nadie sabe muy bien quién es pero que fue muy especial para ella. Ahora Carlota vive en Madrid porque estudia un máster en psicología criminal. Además, los fines de semana es dependienta en una tienda de ropa con la que se regala, de vez en cuando, alguna cerveza después de algún turno ajetreado. Carlota es feminista, de izquierdas y siente debilidad por la moda y los vídeos de comida saludable. Su animal favorito es la jirafa, su cantante preferido Ed Sheeran y algún día le gustaría vivir en Australia. En las próximas elecciones ya no votará a Podemos porque está enfadada con la política. El 29 de julio de 2018 a las 19:30 irá a un concierto de Efecto Pasillo. « ¡Espera, espera! ¿Pero quién es Carlota?», interrumpió mi amiga tras contarle todo aquello. « Ni idea. Solo he llegado a su perfil de Facebook a través del amigo de un amigo».

Mark Zuckerberg anda desaparecido, el gigante de Facebook cae en bolsa — y en picado — y buena parte de los usuarios de la red social se quejan del peligro de ésta y de muchas otras. Los más eruditos sueltan un “Si ya sabía yo...”. Tras el escándalo de Cambridge Analytica, la consultora contratada por el equipo de Donald Trump durante las elecciones presidenciales de 2016, se ha puesto en jaque una vez más a la red social. Durante la campaña política, la consultora usó ilegalmente los datos personales de más de 50 millones de perfiles de usuarios estadounidenses para tratar de influir en su voto y favorecer al ahora presidente de los Estados Unidos. Zuckerberg se dio cuenta de que había ocurrido algo, de que se habían incumplido sus términos de uso e hizo la vista gorda y calló y calló esperando que hubiera paz y después gloria.

No era necesario todo este escándalo para que la preocupación por quién andaba detrás de nuestras pantallas y accedía a la información de nuestros perfiles, se dejara entrever en alguna sobremesa. Era un secreto a voces pero que nunca preocupó demasiado. Ahí nos mantuvimos, durante más de diez años, mostrando nuestras quejas, nuestras ideas políticas, nuestras profesiones, nuestros recuerdos, nuestros cumpleaños, nuestros amores, desamores y el lugar en el que decidimos pasar nuestras vacaciones de verano. Facebook se convirtió en nuestro bar y todo lo que nos ha ido preguntando como “¿Cuál fue tú último trabajo?” o “¿A qué lugares has viajado?”, hemos sentido la obligación de contestarlo inmediatamente aunque no se nos obligara. ¿Por qué lo hacemos? Quién sabe.

Digamos que el fracaso que está sumando Facebook no es toda una obra de descuido exclusiva de Zuckerberg. El fracaso es que no existirá solución posible a evitar este narcotráfico de datos si somos nosotros mismos quienes los ofrecemos a cal y canto, exponiendo nuestras vidas. Pongamos el ejemplo de que por muchos esfuerzos antiterroristas que se realicen, siempre habrá terrorismo mientras exista alguien dispuesto a morir matando. De la misma forrma, las empresas y consultoras podrán jugar con nuestras opiniones y nublar nuestro cerebro si somos nosotros quienes compartimos nuestra intimidad con una comunidad virtual de más de dos mil millones de usuarios, entre los que se encontrarán las personas más nobles y los peores criminales del mundo.

La incógnita no es, por tanto, quién anda ahí porque desde siempre hemos sabido que había alguien y no nos importó el riesgo. Nuestros datos, más allá de nuestro nombre y edad, volaron por todas las redes sociales, viento en popa a toda vela. Seguramente, habrán escuchado alguna vez, que a estas alturas si no estás en redes sociales, no existes. Aunque tengas un cuerpo, una cara y estés vivito y coleando; no existirás si no compartes lo que vives. Con esa idea, por tanto, la pregunta es qué demonios ha pasado, qué clase de lavado cerebral hemos sufrido para que seamos nosotros mismos, con una especie de necesidad de origen desconocida, los que prostituyamos nuestra vida.

¡Ah! ...Y no hay nada que haga más feliz a Carlota que las croquetas de su madre. “Así, sí”, escribe siempre que las fotografía.

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