jueves, 15 de abril de 2021

Conversaciones con un inmigrante africano (2ª parte)

El tono de la conversación cambió por completo, y como obviando la existencia del término medio, John paso de la indiferencia a la confesión casi obsesiva.


Conversaciones con un inmigrante africano (2ª parte)
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Yo no entendía nada, simplemente encendí mi grabadora y me dispuse a intentar escucharle. Nuestro amigo nigeriano comenzó a articular palabras a un ritmo más rápido del que mi oído podía captar. Como si de un trance se tratara, comenzó a repetir la palabra trabajo una y otra vez, cada vez alzaba un poco más la voz, interpreté que él creía que yo no le estaba entendiendo, le dejé terminar su frase y esta vez quien repitió la palabra trabajo fui yo, tratando de ver qué resultado traería dicha palabra consigo.

Mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que cometí el peor de los errores en ese momento, al profundizar en el tema laboral con John porque la impotencia de no poder hacer nada por él por mucho que quiera, todavía me persigue. “Trabajo, dame trabajo. Ayúdame a encontrar trabajo de lo que sea”. Esa fue su respuesta. En ese momento decidí no darle demasiada importancia, mantener una distancia profesional entre periodista y fuente como recomienda la ética de la profesión., aunque el fantasma de no poder dar una respuesta favorable ante tal frase todavía me frustra. ¿Cómo voy a ayudarle?







El hombre de 39 años, viendo que cambié totalmente de tema me siguió, supongo que habría entendido que no podía hacer nada por él más que escucharle, así que siguió desahogándose. “¿Yo no quiero robar sabes? No me queda más remedio que estar aquí (se refería al supermercado) pidiendo. Estoy cansado de buscar trabajo”. Volvía una y otra vez al tema y yo lo esquivaba cada nueva vez.







La confianza hizo que afirmaciones que John había realizado en la primera parte de la entrevista fueran tergiversadas para aportar la versión real de los hechos en esta segunda. Si bien John había contado que vino a España porque en su país no había trabajo y creía que aquí sí, resulta que la decisión de emigrar no fue tomada por motivos laborales precisamente.

Nuestro protagonista es originario de una ciudad llamada Bnenin, lugar de Boko Haram, grupo terrorista de carácter fundamentalista islámico, azote del país nigeriano. Teniendo en cuenta que John es de tradición cristiana, no le quedó más remedio que emigrar si quería conservar su vida. “Tengo miedo por mi familia, con el primer euro del día compro lotería, si me toca voy a traerlos a todos” cuenta John con la cara iluminada de nostalgia.

La hora de comer se acerca y el supermercado está cada vez más vacío, miro de reojo y veo la recolecta del día de John: 3 euros y pico y un paquete de chorizo de 1 euro. “Ahora llego a casa y me lo como en un bocadillo”. John vuelve a su piso de Getafe, que comparte con varias personas, cada día para comer descansa un rato y se encamina otra vez hacia el mismo supermercado ubicado en la capital.

Calculo que el nigeriano no ha ganado hoy más que para el billete de ida y de vuelta del autobús y que si por la tarde el ritmo es el mismo, se plantará por la noche en su casa con otros 3 euros a los que tiene que descontar 1,50 aproximadamente del billete de vuelta; es decir, su beneficio diario es de 1,50 euros. Cuando le pregunto por este dato, John no responde y me sonríe. Me dice adiós con la mano y me dice que se va, sus palabras me transmiten que le gustaría que volviéramos a encontrarnos en otra ocasión. Me despido de él y cada uno toma su camino.

Todavía no he vuelto a pasar por ese supermercado. La vergüenza y la frustración me comen por dentro. Yo ya tengo lo que quería de él: mi conversación con un inmigrante africano; pero él todavía no ha obtenido lo que buscaba en mí: un trabajo que le ayude a traer a su familia a España. Espero que lo consiga pronto.







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