martes, 13 de abril de 2021

Conversaciones con un inmigrante africano (1ª parte)

Conocí a John, un hombre de 39 años de origen nigeriano, hace algunas semanas en uno de los muchos días lluviosos que llevan inundando la ciudad de Madrid este invierno.


Conversaciones con un inmigrante africano (1ª parte)
  • whatsapp
  • linkedin

Él se encontraba, como siempre, pidiendo limosna en la puerta de un supermercado. Un paraguas cuidaba que no se mojara y él con una sonrisa abría la puerta a cada persona que entrara o saliera del comercio, independientemente de que le dieran monedas o no sonreía a todo el mundo por igual.







Yo llevaba tiempo buscando una historia de inmigración sobre la que escribir, pero todo eran negativas y algo me decía que ese día iba a ser más de lo mismo; además llovía, y el mal tiempo, no suele acompañar largas y profundas conversaciones.







Me acerqué donde John intentando poner la mejor de mis sonrisas en un día de perros como era aquel, pero no dio resultado. “No puedo hablar contigo hoy, vuelve otro día”, me dijo. Tras días de negativas, estaba más que entrenado para ese tipo de respuestas así que en un principio no me afectó lo más mínimo. De camino a casa seguía reflexionando y pensando en que debía insistir, había algo en él que me decía que necesitaba hablar. Puede que el “vuelve otro día” no fuera una mera excusa para alejarme, sino que realmente quería que volviera otro día a hablar con él.

Tras varios días reflexivos en los que la lluvia manchaba los cristales, un día salió el sol. Ese era el día, el sol era una señal. Llegué a la puerta de aquel supermercado y, efectivamente, él estaba allí saludando a los compradores y ayudándolos con la puerta, parecía que llevaba mucho tiempo en aquel supermercado pues todos le conocían y devolvían el saludo; alguno incluso se quedaba cinco minutos hablando con él de temas cotidianos como el fútbol, o la crisis. Después me enteraría de que John de crisis sabía bastante.

John me recibió con una sonrisa. “Me dijiste que volviera otro día y aquí estoy”, le dije intentando justificar mi presencia en la puerta de aquel establecimiento. Al principio hizo como si yo no estuviera y yo llegué a pensar que mi corazonada era equívoca, sin embargo, allí me quedé, por si las moscas, en lo que sería la entrevista más extraña que he podido hacer nunca.

Saqué mi libreta y comencé a apuntar las respuestas que él me daba a las preguntas que yo estaba realizando. Me contó que vino a España con permiso de trabajo hace 8 años y que llegó en barco, no era una patera, a Gibraltar. John respondía con un máximo de tres palabras mis preguntas y me miraba con indiferencia como indicando que me fuera; yo, sin embargo, seguía ahí libreta en mano y sin moverme. La situación me recordaba a cuando en los documentales de animales existe cierto espacio de seguridad que hay que respetar, retroceder un paso significaba perder la entrevista y avanzar uno significaba escuchar otro “vuelve otro día”, y ya había escuchado demasiados esa semana como para añadir uno más a la lista.

Tras 15 minutos de conversación, John se dio cuenta de que preguntaba demasiado y me pidió para mi asombro que arrancara lo que había escrito de mi libreta, la situación no estaba tan a mi favor como para hacer caso omiso, así que hice lo que me pidió. Después entendería el porqué de esto. John arrugó con fuerza mis notas y se las guardó. “Ahora ya sé que no eres policía, me fío de ti”, me dijo. En ese momento su mirada y su tono cambiaron por completo y empezó la verdadera entrevista, la conversación dejó de ser una lucha entre su indiferencia y mi insistencia y se convirtió en una charla entre dos amigos.







Te puede interesar