lunes, 20 de septiembre de 2021

Nunca te apagues

Conocer el latido de Mesa Roldán gracias a Mario Sanz.


Nunca te apagues
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Mario Sanz es una ola de arena. Oriundo de Madrid, metió sus sueños en una maleta y viajó desde tierra adentro para ser parte del mar. Unas oposiciones para optar al cuerpo de fareros se cruzaron en su camino y Mario lo dejó todo para encargarse de la guía en forma de lámpara intermitente que sirve a los barcos que navegan por el Mediterráneo a la altura del mar de Alborán.

El momento en el que Mario levantó la carta de su destino descubrió el faro de Mesa Roldán, que emerge en tierras del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, entre Agua Amarga y Carboneras (Almería), como el lugar al que iba a dirigir sus conocimientos y su cuidado. Y allí permanecen él y su faro desde que en los noventa abandonara la capital para abrazar el mar desde este enclave de tierra volcánica.

En la visita que realicé al faro hace unos días, Mario no dejó de sorprenderme: no sólo se ocupa del perfecto funcionamiento de las lámparas y de la edificación que las resguarda, sino que ha convertido gran parte de las estancias del faro en un museo que rebosa arte por doquier. Elementos marítimos, máquinas de escribir, fotografías de los fareros, cuadros, esculturas, documentos, libros…, todo aquello que entre en el campo asociativo de la palabra “faro” tiene cabida en Mesa Roldán.

Su oficio, realizado con exacta perfección, va de la mano con otros quehaceres. Y es que Mario Sanz escribe y es, al mismo tiempo, un gran activista cultural de la zona de Almería en la que se encuentra el faro del que se ocupa. El farero de Mesa Roldán es una mente inquieta, a pesar de la calma impresa en sus palabras. La mirada lo delata: destellos. En su despacho, frente a un mar donde a veces se pierde incluso el horizonte, Mario no cesa de trabajar y sus libros cabalgan a medio camino entre la investigación acerca de las historias y leyendas de aquel paraje y su propia imaginación a bordo de relatos, guiones y poemas. Quise acercarme despacio a esa ventana desde la que él mira y adjunté a mi librería dos de los volúmenes escritos por Mario: Voces de Carboneras y Faros sobre un mar de tinta. Me he perdido gustosamente en ellos estos días, he viajado al lado de sirenas y marinos, dejando que las luces que un día cautivaron a Mario me hipnoticen también a mí con su guiño cómplice.

Creo que estar en el faro de Mesa Roldán ha dejado grabados en mí la admiración por quienes han cuidado de lugares como este a lo largo de los años, a la par que un soplo de valor al subir a la linterna por una escalera de gato sin acordarme de mirar atrás, amén de mi vértigo. Supongo que las ganas por tener un lugar privilegiado a doscientos veintidós metros de altura desde el que deleitarme con la visión del mar han paliado cualquiera de mis miedos. Y es que, desde allí, entendí mejor que nunca a Mario. Comprendí que dejara lo excitante de vivir en una gran ciudad, que quisiera probar lo opuesto a todos esos estímulos, vivir en el silencio, dejarse abrazar por el murmullo de las olas y del viento, sentirse arropado por lo cálido de una tierra que antaño fue volcán, conectar con los navíos a través de juegos de luces con clave secreta y sentir que la literatura y el arte en general son siempre buenos compañeros.

No logro vislumbrar el motivo que arguyen quienes quieren acabar con el oficio de farero; parece ser que opinan que una máquina puede ser igual de útil que aquellos que imprimen cariño cada día a esta especial profesión, se preocupan por cuidar de los faros y de su entorno, temen por los barcos que se encuentran perdidos en medio de una tormenta o alimentan los sueños de los visitantes que por allí transitan… Me gustaría que entendieran que lo esencial de la vida no puede estar teledirigido.

Sentir el horizonte ante ti, la fuerza del mar y el diálogo del faro con los elementos es comprender el significado de la expresión “ver la luz”. Os invito, pues, a dejaros llevar por la imaginación y por los sueños, a creer que las musas existen, que de ello tiene el mar parte de culpa y que los faros son guardianes incandescentes hacia donde siempre podemos dirigirnos.

“Sólo es posible avanzar cuando se mira lejos” (José Ortega y Gasset)

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