jueves, 23 de septiembre de 2021

El vals del obrero

Pedro Pinho profundiza en la lucha de unos trabajadores que tratan de salir adelante con la autogestión de su fábrica. Un canto al movimiento obrero y la conciencia de clase.


El vals del obrero
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“Sí, señor, sí, señor, somos la revolución, tu enemigo es el patrón: ¡autogestión!” Ska-P. El vals del obrero.

Se suele alegar que la esperanza es lo último que se pierde, pero si hablamos de la lucha de la clase obrera, normalmente, la dignidad es el último bastión. Pedro Pinho lo ilustra a la perfección en su monumental último título, La fábrica de nada. Desde su apología de la organización asamblearia hasta la solución de la autogestión proletaria como respuesta estrictamente política, la obra se erige como un estudio-análisis de clase que sirve como arma arrojadiza contra el orden establecido.

La película comienza con una metáfora: unos trabajadores descubren, una noche, que los patrones de su empresa les están robando la maquinaria. A partir de entonces, la lucha. Los tiempos muertos de la plantilla, forzada a detener la producción, se intercalan con las ofertas de los nuevos dueños de la fábrica, que tentarán a los operarios con ofertas de finiquito que unos aceptarán y otros no. El sistema divide para vencer, el capitalismo lo compra todo y pone precio incluso a la dignidad de las personas. Y en esa grieta se hace necesaria la unidad de los trabajadores, la conciencia de clase, la colectividad: ¡proletarios del mundo, uníos!

Hasta aquí todo parece normal: otro acercamiento al cine social sobre la lucha de clases y el conflicto de los asalariados para defender sus derechos. Sin embargo, Pinho ofrece una vuelta de tuerca a la narrativa clásica. Y lo hace a través de la puesta en escena. Las voces en off alternan discursos sobre la plusvalía, la fuerza del trabajo humano frente a la maquinaria o extractos del ideario comunista. “La esclavitud se abolió porque el capitalismo se dio cuenta de que podía conseguir mano de obra cualificada casi igual de barata”, exclama, momentos antes de hablar del “fantasma que recorre Europa”.

La puesta en escena de 'La fábrica de nada' subvierte los códigos clásicos del cine social sobre la lucha obrera: números musicales, voz en off, hibridación entre ficción y documental...

A la manera de Vidros partidos, el fragmento dirigido por Víctor Erice para Centro Histórico (Portugal, 2012), La fábrica de nada ofrece un barrido que repasa la historia del movimiento obrero. Resuenan durante todo el metraje ecos de las revoluciones industriales, de los grandes periodos de huelga y los movimientos obreros europeos. Por otra parte, Pinho lanza una crítica pesimista sobre la deriva del mismo: los miembros más activos en la protesta empiezan siendo los más mayores. ¿Se muere el sindicalismo y la conciencia de clase? Así las cosas, el largometraje portugués jamás abandona el diálogo sobre el mundo laboral, la crisis política y social y la pérdida de derechos que han sufrido los proletarios en los últimos años. Tampoco la mirada frontal hacia los dilemas del estrato trabajador: el sentido contemporáneo de la huelga, el cambio en el paradigma de los derechos laborales, la solidaridad obrera o la crudeza de los despidos cuando se ha alcanzado el último tercio de la vida laboral.

No obstante, más allá del aspecto meramente narrativo, La fábrica de nada destaca en su concepción formal y sus rupturas de los dogmas documentales y ficcionales. Porque según le interese la cinta es una ficción que se viste de documental o un reportaje disfrazado de relato ficcionado. Pedro Pinho alterna dispositivos en las dos primeras partes (de la construcción narrativa novelada inicial pasa al uso de la declaración a cámara en la parte central) para concluir con un último tercio que roza la fantasía. Un tramo final en el que la cámara se torna personaje (la vemos introducirse y bailar un pogo en el concierto punk-ska de uno de los protagonistas) y alcanza una suerte de realismo mágico gracias a los insólitos y extravagantes números musicales perpetrados por los personajes del film. Ya lo dijo la activista Emma Goldman: si no puedo bailar, no es mi revolución.

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