Si el panorama político español no está lo suficientemente caldeado estos días, faltaba la irrupción de Santiago Abascal en la parrilla para terminar de desquiciar el diálogo.
A pesar de que es obvio que el fascismo nunca ha abandonado del todo el Estado español, sobre todo en los poderes judiciales y algunas esferas de la política, el hecho de que un partido como VOX pueda atraer a miles de personas a un mitin, se veía venir sobre todo en los últimos seis meses.
En un momento en el que la situación económica es asfixiante para muchas familias trabajadoras de todo el Estado, las leyes están tremendamente anticuadas en elementos fundamentales, y las hordas fascistas campan a sus anchas a lo largo del territorio nacional, el cortafuegos natural del fascismo, la izquierda, está desactivada.
Primeramente ser de izquierdas de una forma pragmática y útil es una práctica casi ilegalizada en este país, sumado al fenómeno de atomización de la izquierda que se ha producido en muy pocos años. La diversificación colectiva de la izquierda ha ido demasiado lejos, porque cada uno de estos colectivos han abandonado la trasversalidad única y real de la óptica socioeconómica que es la clase social a la que pertenecen todos y cada uno de ellos. Y de nosotros, al fin y al cabo. El fin de las movilizaciones post franquismo vinieron de la mano de una romantización del concepto de la clase obrera que hacían parecer que la lucha de clases había terminado con un empate. Y no era así. Mientras tanto, la derecha enarbolaba lo que unía a todos los ciudadanos de una forma u otra, la bandera.
El público aplaudía, la gente gritaba, ¡Viva España! ¡A por ellos!.
El panorama político mundial está girando a toda velocidad hacia la derecha, el nacionalismo y la xenofobia, y es preocupante cómo en menos de ochenta años se haya perdido todo el recuerdo de lo que trajeron a Europa estos pensamientos.