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El castigo de lo idéntico

Ana Mancheño Morales

Creemos que, en la era de lo digital, ser únicos nos hace diferente. Pero ¡qué equivocados estamos! porque solo conseguimos acortar la distancia de lo distinto. Es cierto que, en sí mismo, somos seres irrepetibles, pero nos empeñamos en igualarnos cada vez más. Clones al actuar en las redes sociales. Es la vida de los “me gusta”; de la exposición de cara a la galería de nuestra pose más verdaderamente falsa. Es, en eso que mostramos, y por tanto dejamos de mostrar, donde radica dicha uniformidad.

Vivimos inmersos en una sociedad que, con la pandemia, nos ha abocado aún más a depender de internet. Ahora nada o nadie puede ser o tener contacto directo con los otros. La comunicación se ve. No se palpa. Vemos y sentimos a través de una pantalla, donde la piel no la rozamos, simplemente  nos observamos. “La comunicación alcanza su máxima velocidad cuando lo igual reacciona a lo igual”. Es como si estuviésemos inmunizados contra el castigo de lo idéntico.

Habitamos un universo irreal del que apenas salimos. En él nos lo dan todo hecho. Amoldable y pulido. Nos ofrece información limpia. Nada en bruto. Pensar por sí mismo es un privilegio que está al alcance de todos, pero que requiere esfuerzo, tesón y vigilancia. Por supuesto ese punto de “disensión” es antagónico en este panorama dominado por la tecnología donde se comparte, se opina y se informa desinformadamente…

Nos conformamos y aceptamos ese "pacto tácito" del mundo virtual en el que solo reproducimos lo afín a nuestros intereses. Lo igual se hace viral, sea falso o no. No entendemos que la “opinión de la mayoría” no siempre es la verdadera. Nos dejamos llevar por esa “mayoría” alienándonos como personas que nos hace perder nuestra identidad individual.

Leyendo al filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, me pareció muy enriquecedora su postura ante la “ficción real” en la cual estamos inmersos. Todo se compra y se vende en un solo “clic”, dejando al descubierto nuestro yo más íntimo.

 “Lo que prima en la actualidad es una esclavitud consentida. Por ejemplo, la aparente libertad de expresión que hay en las redes sociales, se ha convertido en una práctica que permite al poder ejercer vigilancia sobre nosotros. La gente tiene un afán casi pornográfico de exhibir su intimidad. Expone sus pensamientos, sus momentos privados, sus sentimientos y todo lo que es, o pretende ser, a través de las redes sociales. Cada uno lo hace “voluntariamente”. El poder ya no necesita inmiscuirse o infiltrarse en los secretos de nadie porque espontáneamente se los ofrecen.

Sí, nos explotamos. Nos vendemos cuando consentimos que un simple “clic” en cualquier web recopile nuestros gustos, inclinaciones, aficiones, amigos… y mil cosas más. Creemos en la gratuidad de internet, sin darnos cuenta de que el producto somos nosotros.

El resultado de esto es un conformismo radical. La gente acepta mansamente “vivir como viven todos”. Esto es, produciendo desaforadamente, exhibiéndose inútilmente, girando todo el tiempo alrededor de los ideales de éxito que se han impuesto. En el anverso de esa realidad, están las diferentes formas de depresión, de ansiedad. El ser humano enferma, misteriosamente por causas que no alcanza a dilucidar”.

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