OPINIÓN | MIGRACIONES

La pangea utópica

Por ALBA MARRERO. 29/10/2018

Y así es como en los bares, además de la cerveza y el tapeo, lo que nos trae la factura es un tortazo de este lugar al que hemos llamado mundo

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Pangea
Utopía

Fotografía ganadora del premio Pulitzer 2016 realizada por Yannis Behrakis


Una de las mejores cosas que tienen los bares, además de la cerveza y el tapeo, es que la gente, tarde o temprano, acaba mostrándose tal y como es. Siempre hay destape en los bares. Las conversaciones empiezan banales y terminan interesantes. Los problemas sociales, personales, ideologías y no conformidades suben a la palestra. A la vista y al oído de todos. Son cerca de las seis de la tarde en horario de verano pero esto es solo una oficialidad. Bar de pueblo. Gente de toda la vida con algún que otro forastero. Acentos que se mezclan. Curiosidades que se preguntan. La conversación de bar que motiva a este texto es la siguiente: «A los dictadores… que les den por culo a todos. Llámese Franco o… o el venezolano», empezó uno. « ¿El venezolano?», preguntó otro. «Sí, el venezolano. Maduro. ¡Fuerte imbécil, carajo!», contestó el primero con acento gallego. «Bueno, pero eso… ¡Eso es un problema de ellos!», contestó el segundo con acento canario. El primero le miró y espetó enfadado y con buena letra: «No, señor. ¡Eso es un problema del mundo!».



Más que una reflexión de una persona que no tiene ni pajolera idea de nada, se trae, esta vez, con este texto, una propuesta. Abstracta y utópica. Sin teorías científicas. Tal día como hoy, un 29 de octubre de 2018, imaginemos — ¿Por qué no?— que los astros se alinean y volviésemos a una pangea. A un supercontinente que nos metiera a todos en el mismo saco. De repente, ahora todos somos blancos, negros y tiznados. Al mismo tiempo. De repente, todos tenemos las mismas raíces y el mismo lugar de origen. La misma trayectoria. Todos, este 29 de octubre de 2018, venimos de un mismo lugar al que podríamos llamar La Tierra, para  no complicarnos. O bueno, vamos a ir un poco más allá en nuestra utopía y, por hacer algo de literatura, llamaremos a este lugar… Mundo.



Y en este mundo que hoy se ha unido, todos los terrícolas habitan una misma llanura. Comparten, por tanto, el mismo cielo. También los puntos cardinales, el aire, el agua, el sol... y oh sí, La Luna. Tendríamos sangre por las venas, perdición por el vicio y los mismos problemas cardiovasculares. No tendríamos banderas, ni países, ni fronteras ¿Para qué coño nos servirían? ¿Para qué coño sirven ahora? ¿Aspiraciones? Las de siempre. Una vida bonita, buscando la sonrisa permanente mediante una labor que nos apasione, una filosofía de vida que nos inspire, un poco de cariño, un poco de amor, un poco de sexo, un poco de Rock and Roll y algo de comida que nos podamos llevar a la boca. Ese sería el lugar al que acabamos de llamar nuestro mundo pero todo esto es una utopía ¿verdad? ¡Qué coño aspiramos nosotros a una vida bonita!



Si se nos diera hoy una pangea como hogar, y como concepto, quizá el conflicto no fuera la guerra. Ni el poder. Ni las armas. Ni el dinero. Quizá no nos apodarían como “unos” y como “otros” a pesar de que seguirían existiendo los pobres sures y los ricos nortes. Quizá todos, de repente, seríamos ciudadanos de aquí, de este bonito supercontinente al que hemos llamado Mundo y quizá no habría fronteras porque seguramente, no habría otro sitio al que ir. Todo nuestro mundo nos pertenecería y todos nuestros problemas nunca serían de otros porque ya hemos dicho que quizá “otros” no exista. No serían, por tanto, los conflictos de los árabes, ni de los sirios, ni de los venezolanos ni de los catalanes. Quizá, en este apogeo de la utopía, no habría ni cuchillas. En lugar de echar a patadas, a golpes, a tiros y a cortes, a esa palabra tan jodida para nuestra era como es la de “inmigración”, quizá lo que echaríamos serían cables y manos. Y es que el trozo de tierra que nos une, que se llamó Pangea hace tiempo y ahora le hemos llamado Mundo, lo haría también nuestros asuntos. Y serían los problemas de nuestra gente.



Serían, por tanto, nuestros asuntos las más de 500.000 personas fallecidas en el conflicto sirio. También las casi tres millones de personas desplazadas de sus hogares, por esta guerra, hacia Turquía, persiguiendo un sueño tan simple como estar a salvo. Qué cosas. Estar a salvo en su propio mundo; el que también les pertenece. Serían también nuestros asuntos que comprar una barra de pan en Venezuela no fuera prácticamente un lujo de alta sociedad. Ni pañales, ni compresas, ni medicamentos. Serían también nuestros asuntos preocuparnos por Cataluña y darles un destino. Escucharles tolerantes, sin discursos de odio ni cánticos franquistas. No obstante, ya hemos dicho que este mundo es una utopía y esas cosas, en la vida real, son de otros. Los que existen… en alguna parte, desangrándose en las fronteras, yaciendo bajo los escombros, acuchillándose en las colas de los supermercados, incentivando el odio por política.



Y así es como en los bares, además de la cerveza y el tapeo, lo que nos trae la factura es un tortazo de este lugar al que hemos llamado mundo y que… no es utópico.


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